Vidas en peligro

Annuarite Tagenge, de 17 años, sigue buscando a los supervivientes de su familia; ha pasado casi un año caminando a través de la selva para encontrarlos. Ella y su familia huyeron del territorio de Dungu, al noreste, en diciembre de 2008, tras los ataques rebeldes del Ejército de la Resistencia del Señor (LRA) de Uganda y la consecuente ofensiva por parte de los ejércitos nacionales congoleño y ugandés contra los rebeldes. Tagenge, que entonces tenía 16 años, fue herida e ingresada en el hospital de Dungu para ser intervenida; huyó después del hospital al monte junto con miles de civiles.

"Cuando empezó la lucha, huimos al bosque [con] toda mi familia... y caímos en manos de los rebeldes del LRA. Mataron a mi padre y a mi madre. Cuatro de nosotros sobrevivimos; mi hermano, mis dos hermanas y yo. Entonces continuamos hacia el monte pero la lucha y los ataques del LRA continuaron, y me obligaron a separarme de mi hermano y mis hermanas. Me quedé completamente sola.

Cuando intentaba encontrar a mi familia, la gente me aconsejó que los buscase por Bunia [a unos 700 km. al sur]. Entonces me dirigí allí con otras tres chicas. Desgraciadamente, el LRA nos tendió varias emboscadas en la selva. Por el camino chupábamos cañas de azúcar que nos daban los soldados de las FARDC [ejército congoleño] por compasión; no teníamos dinero para comida, nuestra ropa estaba rota, íbamos casi desnudas.

Estoy hecha polvo del viaje, tengo los pies hinchados, sufrí mucho por la herida de la operación y me dolía el bajo vientre y la espalda, pero no tenía medicinas.  Cuando llegamos a Bunia mis tres amigas encontraron a sus familias, pero yo no. Una mujer me llevó a su casa justo cuando llegamos, pero tres días después su marido me echó.
 
Aunque no encuentre a mi familia quiero vivir, continuar mis estudios y llegar a ser alguien... ¿Qué he hecho yo para merecer todo este sufrimiento?"

Para más información, visite IRIN:
http://www.irinnews.org/Report.aspx?ReportID=87774

Fitina Yallala

"Mi marido está muerto. Estoy aquí con mis tres nietos de diez, ocho y siete años, que viven conmigo. Tenía diez nietos, pero los otros enfermaron y murieron.

Miren donde vivo, miren mi casa: es horrible. Tenemos que vivir aquí los cuatro. No tengo la fuerza suficiente para ir a por agua y buscar comida, así que mis nietos tienen que hacerlo por mí, por nosotros.

Espero que en el futuro podamos conseguir la comida y el agua que necesitamos y protegernos de la lluvia. Sobre todo, quiero paz."

Kuba Augustin

"Llevo aquí tres meses. Estoy aquí con mi familia: doce de nosotros. Mi hijo más joven tiene cinco años y el mayor quince. No es la primera vez que hemos sido desplazados. Mucha gente de mi comunidad ha tenido que trasladarse muchas veces. Yo he tenido que desplazarme varias veces este año y el anterior. No es una situación nueva para nosotros.

Todas nuestras pertenencias -nuestros colchones, nuestros medios para conseguir comida- están en casa. Ahora el gobierno tiene que suministrarnos todas las cosas que no tenemos. Estoy perdido. Tengo hijos que proteger y cuidar y no tengo nada. Nuestras vidas están en peligro. Mis hijos necesitan una educación; no pueden ir a la escuela en esta situación. ¿Adónde van a ir? ¿Adónde vamos a ir? Necesitamos paz antes de poder volver a casa."

 

Claude*, de 21 años, entrevistado en septiembre de 2010 en el territorio de Niangara, Provincia Oriental, República Democrática del Congo.

"El LRA iba de pueblo en pueblo, matando y secuestrando gente por donde pasaba. Llegaron a mi casa a las seis de la mañana y me ataron. Saquearon la casa, cogiendo ollas y sartenes, alimentos y otros objetos de valor. Después me ataron a otros niños y jóvenes de nuestro pueblo y nos obligaron a cargar con los bienes que nos habían robado. Recuerdo haberme preguntado a mí mismo quiénes eran esos hombres y qué clase de persona trata a la gente así, como animales.

Anduvimos tres kilómetros hasta el próximo pueblo, donde los hombres del LRA hicieron lo mismo y secuestraron a más de cien personas. Esta vez separaron a veinte personas, las ataron y las mataron con un golpe en la cabeza. Nos dijeron que nos moviéramos y continuamos caminando, aún atados los unos a los otros y cargando el pesado botín. Cada pocos kilómetros nos parábamos, separaban a otros veinte y los llevaban al monte. Después de un tiempo, yo me encontraba en el grupo que el LRA había separado del resto. Nos ataron los brazos detrás de la espalda y nos obligaron a arrodillarnos. Cogieron martillos, machetes y palos pesados y empezaron a matar, uno a uno. Uno de los hombres del LRA cogió una calabaza grande y me pegó detrás de la cabeza. Perdí el conocimiento.

Cuando me desperté seguía atado y tenía varios cadáveres encima. Tardé cuatro días en volver en mí. Cuando vinieron a enterrarnos, descubrieron que aún estaba vivo. Me desataron y me llevaron al hospital más cercano, donde tardé seis meses en recuperarme de la herida en la cabeza.

Donde vivimos no hay cobertura telefónica ni radio, así que la comunicación es difícil. Por eso el LRA pudo atacar pueblo tras pueblo. Si hubiésemos tenido teléfonos móviles, nos podrían haber avisado de que venían y habríamos huido antes de que llegasen".

 *No es su nombre real

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