Espacios florecientes: por unos asentamientos de refugiados más ecológicos

Al incorporar iniciativas de agricultura urbana en los entornos de los campos de refugiados se puede ampliar el concepto de alojamiento para incluir la protección contra el clima, abordar las deficiencias nutricionales y aumentar los niveles de dignidad humana, creación de espacios y autosuficiencia.

Algunos campos de refugiados han sido descritos como “ciudades improvisadas”[1], espacios nacidos del caos y planificados, si acaso, como provisionales.  Sin embargo, a medida que las situaciones de refugio prolongadas se perpetúan, el hallar modos de incorporar elementos ecológicos al modelo de alojamiento desde un principio ha ganado una nueva relevancia en la sostenibilidad de los campos a largo plazo.  La agricultura urbana es un aspecto particular del nexo alimentos-energía-agua, que actualmente se identifica como imprescindible para la vida, la dignidad y la sostenibilidad.

Las iniciativas de agricultura urbana son especialmente aptas para las diversas necesidades de un campo de refugiados, que se enfrenta a las mismas limitaciones de espacio y falta de recursos que constituyen a menudo los retos clave que se abordan en los entornos urbanos. La creatividad y el ingenio que se necesita para concebir las granjas verticales bajas en carbono y con sistema hidráulico en Singapur o los jardines acuáticos de aguas grises en las zonas de California afectadas por la sequía proporcionan la experiencia necesaria básica para idear el cultivo de alimentos en un reducido campamento de refugiados.  Además, los proyectos de agricultura urbana a menudo se prestan al uso de las destrezas y la experiencia práctica de los propios refugiados, ya que en muchos campos hay gente con formación profesional en agricultura u horticultura y un importante número de sus habitantes desean cultivar su propia comida.  De este modo, la agricultura urbana puede hacer que la población del campo participe en una actividad orientada a conseguir soluciones, lo que favorece el aumento de la autosuficiencia y, como consecuencia, unos mayores niveles anímicos y de bienestar psicológico. 

Prácticas innovadoras de ecologización del campamento

El campo de Domiz se encuentra en el norte de la región iraquí del Kurdistán, entre Mosul y Dohuk. Se abrió en 2012 para alojar a aproximadamente 30 000 refugiados sirios y en 2015 era el hogar de más de 40 000 refugiados. En el Campo de Domiz, desde la asociación Lemon Tree Trust hemos iniciado un proyecto de agricultura urbana que hemos llamado “greening innovation” (innovación basada en la ecologización), un concepto que aúna la producción de alimentos, la siembra de árboles, la producción de energía, la recuperación de deshechos y otras prácticas medioambientales más amplias.  El Lemon Tree Trust recibió una invitación por parte del director del campo para promover la ecologización del mismo y la agricultura urbana, que estaba especialmente abierto a ideas que giraran en torno a la siembra de árboles, jardinería, agricultura y mejora del paisaje.   Resultó alentador que muchos refugiados hubieran plantado jardines caseros, a veces escondidos en pequeños patios y otras veces esparcidos en espacios públicos.  Había también una sección de brotes y de semillas en los puestos del mercado y las tiendas de la calle principal del campo. Sobre todo, se asumió la idea de que el campo era una ciudad en ciernes, una entidad urbana en proceso de evolución que sería el hogar de miles de refugiados durante una gran parte de sus vidas.

Si se podía ver el jardín de una casa desde la calle, pedíamos permiso a sus dueños para visitarlo y ellos, a su vez, nos llevaban a los jardines de otros residentes o amigos.  Lo que había surgido era una discreta práctica de la jardinería a nivel doméstico para cultivar alimentos y flores ornamentales. Los refugiados decían que esto nacía del deseo de “dejar bonita la casa” o de crear “paisajes bonitos para el campo”, una herramienta que también servía para hacer que sintiesen suyo el espacio que les rodeaba. 

En vez de imponer un plan de ordenación para aumentar el número de jardines en el campo, decidimos apoyar a los que ya habían mostrado interés en plantar un jardín; les animamos a expandir el espacio verde e hicimos que los actuales jardineros se convirtieran en mentores de los nuevos. Aportamos financiación a un pequeño vivero de plantas que ya estaba establecido para que aumentara su gama de árboles, semillas y plantones. A cambio, el propietario distribuyó semillas y árboles entre los hogares y actuó como coordinador de nuestro proyecto.  También seleccionamos a dos mujeres del campo como facilitadoras para que distribuyeran las semillas y promovieran la jardinería. 

Retos en la implementación

Uno de los retos más destacados que nos encontramos fue el mero hecho de superar la idea de que los campos son espacios provisionales. Plantar un árbol simboliza una visión de futuro y permanencia.  Como tal, plantar árboles dentro del campo podría verse como un rechazo de la narrativa de temporalidad y como una resignación a su permanencia. Con esto en mente, resultó de ayuda centrarse junto a los gestores del campo (incluidas las ONG) en los aspectos beneficiosos inmediatos de una amplia respuesta al proceso de ecologización del campo, como la mejor calidad del aire, la sombra, el acceso a alimentos frescos y la mejora de la salud mental. 

Aunque la intención de la dirección del campo de Domiz había sido en todo momento ofrecer protección, seguridad, alojamiento y ayuda, se dieron casos en los que se habían pasado por alto factores como la autosuficiencia de los refugiados, sus competencias y su experiencia en un método de gestión de arriba a abajo de cara a la resolución de problemas. El ejemplo más pertinente es el de la gestión del agua. Las infraestructuras del campo trasladan el agua residual fuera lo más rápido y eficientemente posible, a menudo con un gran coste.  Sin embargo, muchos refugiados deseaban encontrar un sistema para desviar y reutilizar al menos las aguas grises[2] y tenían experiencia práctica en ello. 

Además, los planificadores del campo de refugiados subestiman sistemáticamente el volumen de agua residual que produce una vez que está totalmente poblado y cuánto cuesta su suministro diario de agua potable. Esto da lugar a un exceso de aguas residuales en los ecosistemas que les rodean. Sin embargo, la constante disponibilidad de aguas residuales en los campos de refugiados constituye en sí una oportunidad de oro si se aplica un enfoque basado en el nexo entre alimentos-energía-agua. El uso de estas aguas puede optimizar la infraestructura para la ecologización de los campos de refugiados, ya que se podrían utilizar las aguas grises para regar los jardines de las casas, de los mercados, para la agrosilvicultura (como cortinas cortavientos, rompevientos o huertos), y para las cosechas y los árboles de los viveros. 

Las aguas grises se pueden utilizar de forma segura en los hogares para regar los árboles o los jardines. La cantidad que una familia media produce al día es suficiente para dar suministro a un jardín casero si el agua de fregar o de bañarse se desvía para ese propósito. Utilizar aguas residuales de esta manera no solo sería una política medioambiental sensata sino que también reduciría el gasto de su eliminación. 

Beneficios y conclusiones

Incluir a la población refugiada en los debates sobre la infraestructura relacionados con la agricultura urbana reforzaría las relaciones entre los directores del campo y sus habitantes a la vez que se aprovecharía una fuente infrautilizada de experiencia, conocimientos y aptitudes. Los beneficios de la innovación basada en la ecologización han sido profundos por su contribución positiva al concepto global de alojamiento a través de la ornamentación del espacio, o la satisfacción de cultivar los propios vegetales para comer. Se han creado varios puestos de trabajo para los habitantes del campo, oportunidades para que hombres y mujeres colaboren con su entorno y consigan ingresos. Y lo más importante, cultivar algo en la tierra ha dado lugar a un importante mecanismo cultural para sortear el sentimiento de pérdida inherente a la experiencia de ser un refugiado.  Como nos dijo una entrevistada: “Este jardín me recuerda a mi infancia, mi tierra.  Me da alimentos pero también me conecta con mi lugar de origen”.  

 

Carrie Perkins caperkins@smu.edu

Departamento de Antropología, Southern Methodist University www.smu.edu/dedman/academics/departments/anthropology

 

Andrew Adam-Bradford ab3805@coventry.ac.uk @aab2038

Centro de Agroecología, Agua y Resiliencia, Universidad de Coventry www.coventry.ac.uk/research/areas-of-research/agroecology-water-resilience/

 

Mikey Tomkins mikeytomkins@gmail.com @edibleurban

The Lemon Tree Trust www.lemontreetrust.org

 



[1] Jansen B J (2009) “The Accidental City: Urbanisation in an East-Africa Refugee Camp” [La ciudad improvisada: urbanización en un campo de refugiados del este de África], Urban Agriculture Magazine 21 www.wur.nl/en/Publication-details.htm?publicationId=publication-way-333836323734

[2] Con aguas grises hacemos referencia al agua usada para cuestiones domésticas que no ha sido contaminada con materia fecal.

 

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