El abismo que separa a los trabajadores humanitarios y los arquitectos

En ocasiones los trabajadores humanitarios y los arquitectos no logran encontrar un lenguaje común, que caracterice a cada uno en términos esquemáticos. Es hora de tender un puente entre estas profesiones y fomentar una mayor colaboración. Al aprender de la manera de pensar del otro, pueden también adaptarse mejor a las personas desplazadas en busca de alojamiento.

La cobertura de la migración forzada a cargo de los medios de comunicación tiende a repetir las viejas imágenes de tiendas y campos, y a dejar de lado el hecho de que muchas veces las poblaciones desplazadas terminan viviendo en diversos tipos de alojamientos. Muchos migrantes forzados viven en edificios comunes de apartamentos alquilados o se quedan con amigos y parientes. Otros encuentran un techo al buscar en sus redes personales de contactos o buscan alojamiento en una iglesia o una mezquita. Algunos se mudan a establecimientos informales, como la "Jungla de Calais" y construyen su propio alojamiento de madera y lona. Otros permanecen en ambientes naturales: viven en cuevas, duermen debajo de los árboles o se ocultan en los setos. En las grandes ciudades, muchos migrantes encuentran alojamiento en ambientes urbanos: viven debajo de puentes y pasos subterráneos en París, o tiendas en una estación central de tren, como Keleti en Budapest. Otros pueden alojarse en organismos gubernamentales, como centros de detención, búnkeres subterráneos en Suiza o aeropuertos, como Tempelhof en Berlín. Algunos refugiados encuentran morada en edificios abandonados, como por ejemplo, en el barrio de Exarcheia en Atenas.

La lección de esta diversidad es clara: es probable que los migrantes forzados encuentren alojamiento sin la ayuda de trabajadores humanitarios profesionales o de conocimientos arquitectónicos. De hecho, la importancia de la improvisación y la iniciativa personal ha sido una característica llamativa de la reciente "crisis" de Europa. Los trabajadores humanitarios y los arquitectos han tenido menos aplicabilidad en el problema del alojamiento y del desplazamiento de lo que quisieran admitir. Por un lado, los grandes organismos de ayuda fueron lentos al responder y acabaron siendo reemplazados por grupos de solidaridad y trabajadores humanitarios aficionados. Por otro lado, no ha sido habitual que los migrantes forzados vivan en espacios diseñados por arquitectos, a pesar de la atención que se ha prestado a los alojamientos prefabricados "innovadores" en los medios relacionados con el diseño y en el circuito de las conferencias de arquitectura. Estas dos profesiones, las cuales, al menos por lo que parece, tienen la mayor capacidad de contribuir a tratar el problema del alojamiento, tienden a no entenderse y a discrepar entre ellas, lo cual no hace más que exacerbar su poca aplicabilidad. Esta tensión permanente constituye un verdadero obstáculo al funcionamiento del pensamiento novedoso y de la colaboración en este importante asunto de actualidad. El primer paso es entender los estereotipos que se observan en esta separación entre trabajadores humanitarios y arquitectos.

El punto de vista del trabajador humanitario pragmático

Los trabajadores humanitarios tienden a ver a los arquitectos como soñadores utópicos, totalmente fuera de contacto con las realidades del terreno y las necesidades de los beneficiarios. Leen los informes entusiastas de los medios de comunicación sobre los últimos diseños de alojamientos de emergencia y suspiran desesperados ante la expresión de certeza de que es posible encontrar una solución universal. Los trabajadores humanitarios quizá también hayan recibido un sinfín de sugerencias bienintencionadas pero, en última instancia, irrealizables en sus buzones de correo electrónico del trabajo, o quizá hayan oído hablar de la exposición de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2016, con su combinación de jerga impenetrable y de objetivos demasiado ambiciosos. Por consiguiente, muchos profesionales de la ayuda humanitaria han concluido que los arquitectos no comprenden en absoluto la naturaleza del problema y carecen del pragmatismo necesario para afrontarlo. Consideran que emplear a un arquitecto puede ser muy bueno, pero solo si se dispone de una gran cantidad de dinero y se desea construir algo lindo, pero que el pensamiento arquitectónico, en su mayoría, resulta inaplicable en las situaciones de emergencia, cuando la principal preocupación es la necesidad de proveer un alojamiento simple con recursos y tiempos limitados.

De hecho, algunos trabajadores humanitarios, en especial en el ámbito relacionado con el alojamiento, tienen una formación arquitectónica o están familiarizados con la profesión. Quizá entiendan que es posible que una intervención arquitectónica sea racional y bien informada, y que se están manteniendo algunas conversaciones productivas. Aun así, siguen argumentando que no hay tiempo. Después de reiterar diseños, tener reuniones interminables con los actores interesados, obtener materiales y responder a las licitaciones, temen que los arquitectos sigan reflexionando mientras el tiempo pasa.

El punto de vista del arquitecto profesional

Por su parte, los arquitectos profesionales se preguntan a menudo por qué los organismos de ayuda nunca se dirigen a ellos. También leen los medios y lamentan que los diseños que suelen caracterizar a los campos de refugiados sean restrictivos, aburridos y poco atractivos. Como profesionales formados durante años para pensar cómo construir alojamientos en situaciones complejas, se preguntan por qué no se recurre a ellos en busca de conocimientos especializados y, al observar los planos en forma de cuadrícula de los campos y las viviendas demasiado uniformes, notan qué poco diseño hay en el mundo de la ayuda humanitaria. Esto puede llevarlos a la conclusión de que el sector puede afirmar ser humanitario, pero no suele parecer humano. También observan que los trabajadores humanitarios están preocupados por las hojas de balance, las métricas y normas mínimas, y que parecen estar más interesados en las listas de verificación y los costos que en pensar de modo creativo en cómo vive la gente.

Algunos arquitectos, si están más familiarizados con el mundo de la asistencia humanitaria, entienden que los organismos de ayuda padecen de graves restricciones económicas y temporales. Quizá reconozcan que hacer más es imposible. Con todo, tal vez lamenten que la vivienda se haya convertido en una cuestión de ingeniería y concluyan que los trabajadores humanitarios están demasiado pendientes de la eficacia como para encontrar las soluciones holísticas necesarias. Los arquitectos entienden que cualquier intento de encontrar alojamiento debe considerar todo, desde la formación de la comunidad hasta la utilización de los últimos materiales, desde consideraciones sobre el medio ambiente hasta la atención a las formas de construcción, desde hacer un edificio hermoso hasta hacerlo práctico para la vida cotidiana. Los trabajadores humanitarios no suelen pensar de manera tan amplia.

Tender un puente

Ante la persistencia de esta división, que se basa más en la falta de comprensión que en la animosidad genuina, debemos promover cierto grado de mediación entre estos mundos culturales. El humanitarismo es un modo de pensar que se basa en un cálculo cuidadoso del costo, del tiempo y de las vidas que se salvan. La arquitectura, sin embargo, es un modo de pensar que se centra en un equilibrio entre la estética y la utilidad, la solidez y la conveniencia. Ambas partes pueden asistir con las necesidades de alojamiento de las personas desplazadas en una amplia variedad de circunstancias, pero de distintas maneras. La tarea ahora consiste en reunir a ambas. Una de los objetivos del proyecto de investigación sobre las arquitecturas del desplazamiento del Centro de Estudios sobre Refugiados es mejorar la comprensión pública del alojamiento de los refugiados y brindar información para el diseño de políticas satisfactorias en materia de alojamiento y desplazamiento[1]. Estamos estudiando en detalle las intervenciones de arquitectos y trabajadores humanitarios, analizando sus ventajas y limitaciones. Estamos comenzando a facilitar el diálogo, reuniendo a los actores principales para que puedan hablar de sus restricciones. Creemos que, al aprender de la manera de pensar del otro, los arquitectos y los trabajadores humanitarios pueden adaptarse mejor a las personas desplazadas en busca de alojamiento. Entre en contacto y participe del debate.

 

Tom Scott-Smith tom.scott-smith@qeh.ox.ac.uk

Profesor asociado, Centro de Estudios sobre Refugiados www.rsc.ox.ac.uk

 

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