Los animales y la migración forzada

El daño que los animales pueden sufrir a causa de la migración forzada de las personas está íntimamente ligado y va parejo con el de los humanos.

Las repercusiones negativas de las migraciones forzadas en las vidas de los animales no humanos (en adelante, “animales”) no suelen denunciarse casi nunca. Ya de por sí merece la pena tener en cuenta la vida de otros animales aparte de los humanos, pero existen muchas razones antropocéntricas para considerar los efectos que las migraciones forzadas tienen sobre ellos.

La categorización de los animales generalmente aceptada está basada en su utilidad para los humanos –animal de compañía, ganado, animal salvaje, etc.– y define el modo en se trata a determinadas especies en una cultura determinada y por tanto, será necesario entender las actitudes culturales hacia los animales para examinar cómo les afecta la migración forzada. Por ejemplo, la carga emocional para algunas personas desplazadas aumenta por el a veces inevitable abandono de los animales de compañía o del conjunto de animales domésticos. Las personas afectadas no suelen tener mucho tiempo ni posibilidad de dejar preparados a los animales a su cargo. La duración inicial del desplazamiento puede ser vaga e incierta, por lo que las personas afectadas creen que van a dejar solos a los animales dependientes durante un cierto período de tiempo, pero luego se enteran de que se les prohíbe volver o de que su retorno es peligroso o imposible. Por otro lado, a muchas personas afectadas simplemente no se les permite llevarse a sus animales consigo cuando se producen desastres inesperados y las evacuaciones del Gobierno sacan a las poblaciones del lugar donde viven, o cuando se exilian a través de las fronteras.

Los animales abandonados pueden estar atados o encerrados en corrales, casas, establos o pastos vallados, o pueden quedarse abandonados vagando por calles despobladas y en edificios abandonados. Ya sea en paisajes urbanos o rurales, los animales abandonados pueden unirse a grupos de animales salvajes o crear unos nuevos. Todos estos animales suelen morir de hambre o deshidratación, o por enfermedades o heridas.

También es posible que personas desplazadas que pasen hambre maten a los animales domésticos para comérselos, especialmente en las situaciones en que los esfuerzos de ayuda humanitaria son limitados. Por ejemplo, en octubre de 2013, los clérigos sirios emitieron una fatwa que permitía a las personas desplazadas comer perros y gatos.

Los animales desplazados con personas

La mayoría de los que migran con personas desplazadas se consideran animales de trabajo o de subsistencia. Normalmente transportan a la gente o van cargados con sus efectos personales. Estos animales pueden acabar heridos por el peso o la fricción prolongada de su carga. Además, su acceso a los alimentos y ‒especialmente en los climas áridos‒ al agua suele ser inadecuado. Como consecuencia muchos mueren de agotamiento, de inanición o de sed durante la migración[1].

Muchas personas empobrecidas que se convirtieron en migrantes forzadas no pueden conseguir las vacunas básicas para sus animales por lo que, además del estrés del viaje y de una subsistencia insalubre, a menudo se convierten en vehículo de enfermedades y llevan sus patologías a los campos de refugiados, donde las propagan por los alrededores de las zonas ocupadas por los refugiados. Eso suele suponer un gran problema para los granjeros libaneses y sus animales de subsistencia porque los refugiados sirios que se han exiliado al Líbano vienen acompañados por miles de cabras, ovejas y vacas enfermas que a causa del conflicto no están vacunadas y pueden llegar a convertirse en una amenaza para la estabilidad económica y la supervivencia de esos granjeros. El Ministerio de Agricultura libanés inició en agosto de 2013 un programa de emergencia para dispensar vacunas con el fin de atajar una posible epidemia. Aunque las enfermedades que afectan a los animales a menudo no están documentadas y pasan desapercibidas, son extremadamente dolorosas para los que las sufren y pueden contagiarse a los animales salvajes, y acabar dañando a la fauna autóctona.

Además, cuando los campos de desplazados ocupan áreas que antes no eran de uso humano, pueden estar privando a los animales salvajes de su hábitat, lo que es de vital importancia para que puedan cazar, pastar, migrar o procrear. Las tierras de los alrededores podrían degradarse como hábitat a causa de la deforestación y la erosión. Los refugiados también podrían llegar a dar caza (de forma legal o furtiva) a la fauna local para su consumo o para el comercio.

Esto es aún más grave cuando los refugiados se establecen en áreas conservadas, como ocurrió de forma notoria en 1994 cuando se reubicó a los refugiados ruandeses en el Parque Nacional de Virunga, lo que pone de relieve la tensión que existe entre los esfuerzos de los conservacionistas y los de los trabajadores por los derechos humanos. Que se hayan detectado, hay 34 “zonas de gran diversidad biológica” en todo el mundo que se caracterizan por sus altos niveles de biodiversidad y por el estatus comprometido de sus ecosistemas integrales, en especial para las especies amenazadas. Más del 90% de los conflictos armados más importantes entre 1950 y 2000 se produjeron en países donde se encuentran estas zonas de gran diversidad biológica, y más del 80% tuvieron lugar directamente en ellas[2]. En la actualidad, las zonas de gran diversidad biológica del Cuerno de África y de la Cuenca del Mediterráneo se están viendo muy afectadas por desplazamientos de personas y otras causas antropogénicas.

Según Jason Mier, director ejecutivo de la organización no gubernamental Animals Lebanon, la afluencia de refugiados sirios en el Líbano ha dificultado que su organización pudiera hacer que se  promulgaran leyes para el bienestar de los animales que se necesitan desesperadamente. Dado que prácticamente no hay leyes en pos del bienestar de los animales en el Líbano, sufren un abuso desenfrenado y el comercio furtivo de especies amenazadas ha crecido con fuerza en las fronteras con este país. Ésta es sencillamente otra ilustración de lo costosa, lo compleja y lo interconectada que puede estar la violencia contra los animales como consecuencia de las migraciones forzadas.

 

Piers Beirne beirne@maine.edu es profesor de Sociología y de Estudios Jurídicos y Caitlin Kelty-Huber caitlin.huber@maine.edu es investigadora de estudios sobre humanos y animales, ambos de la Universidad del Sur de Maine. www.maine.edu



[1] Julie Andrzejewski (2013) “War: Animals in the Aftermath”, [“Los animales tras la guerra”] en Nocella, Anthony J., Colin Salter y Judy K.C. Bentley (eds.), Los animales y la guerra. Lanham, Md:Lexington Books.

[2] Hanson et al (2009) “Warfare in Biodiversity Hotspots” [“La guerra en las zonas de gran diversidad biológica”], Conservation Biology, Tomo 23, Nº3. http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1523-1739.2009.01166.x/abstract

 

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