Adolescencia, crisis alimentaria y migración

Los adolescentes que migran por culpa de las crisis alimentarias se enfrentan a distintos riesgos. Es necesario disponer de estrategias específicas para prevenirlos y también para responder ante este fenómeno.

Durante épocas de crisis relacionadas con las sequías y la consiguiente escasez de alimentos muchos actores que se centran en los menores se han enfocado básicamente en los niños más pequeños y, concretamente, en las altas tasas de mortalidad infantil y las grandes cifras de abandono en la escuela primaria. Se ha prestado poca atención a los niños más mayores, y en especial a las dinámicas de trabajo, migración y violencia que afectan a este colectivo. Los menores adolescentes –con edades comprendidas entre los 10 y los 18 años de edad– corren más peligro de ser separados de sus familias y de quedar expuestos a la violencia, la explotación y los abusos, a menudo en relación con la migración en busca de trabajo desde áreas afectadas. Pese a esto, se ha tenido en muy poca consideración la repercusión y las medidas específicas necesarias para llegar a los adolescentes.

Con el fin de indagar más en las experiencias de los adolescentes afectados por las crisis alimentarias, el Plan International África Occidental ha llevado a cabo recientemente una investigación acerca del impacto de éstas en la protección de los y las adolescentes de Burkina Faso y Níger[1].

Un hallazgo importante hacía referencia a la presión que sufren los adolescentes –en especial, los chicos– por tener que migrar o viajar para encontrar trabajo. Las familias afectadas por las crisis alimentarias que dependen principalmente de la agricultura para subsistir se ven obligadas a encontrar fuentes de ingresos alternativas cuando la cosecha se pierde. A menudo se pide a los adolescentes que mantengan a sus familias en tiempos de crisis. En Burkina Faso el 81% de los chicos y el 58% de las chicas declararon que habían tenido que ponerse a trabajar debido a las crisis alimentarias, frente al porcentaje del 75% de los chicos y el 42% de las chicas anterior a dichas crisis. En Níger, el porcentaje de adolescentes que declararon haber empezado a trabajar durante la crisis era casi el doble con respecto a los niveles de antes de la crisis (del 31% al 60%). Y aunque antes de las crisis alimentarias muchos menores ya participaban en trabajos agrícolas cerca de casa, el estallido de las mismas empujó a las familias a enviar a los adolescentes fuera de sus comunidades en busca de trabajos remunerados.

En Burkina Faso el 17% de los adolescentes y el 10% de las adolescentes declararon que se les había obligado a trasladarse a otros lugares por culpa de la crisis alimentaria. En ambos países, los chicos adolescentes se trasladan a ciudades más grandes e incluso al extranjero en busca de trabajo como trabajadores manuales o vendedores ambulantes. Los chicos también buscaban trabajo en minas. Trabajar en una mina no exigía necesariamente que los menores migraran sino que viajaran de forma periódica y, en especial, que tuvieran que pasar la noche en ellas. Las chicas normalmente se quedaban en la comunidad y asumían una gran carga de tareas domésticas no remuneradas, entre ellas la recolección de alimentos o el cuidado de los niños más pequeños.

La migración y los traslados para trabajar también parecían ir de la mano, lo que les dejaba expuestos a la violencia al viajar sin adultos que les protegieran. En Burkina Faso el 26% de los adolescentes entrevistados –en comparación con el 2% de las chicas– declararon que habían sido víctimas de la violencia al menos una vez debido a las repercusiones de la crisis alimentaria. En los debates se halló que esto estaba relacionado básicamente con su exposición a la violencia en las minas, donde los adolescentes podían sufrir los ataques de mineros más mayores que querían robarles sus hallazgos. Además de la exposición a la violencia, el trabajo en sí resultaba a menudo duro y peligroso. Aunque hubo poca presencia de menores que trabajaran en ciudades o en el extranjero durante este estudio, los reportes de sus padres y de sus semejantes se hacen eco de otros estudios que sugieren que estos menores son mucho más propensos a quedar expuestos a la violencia y a la explotación[2].

Se hizo hincapié en el sentimiento de marginación entre estos menores. Se puso de manifiesto que los que se habían trasladado a localidades y ciudades o al extranjero se enfrentaban a graves dificultades al trabajar a menudo de forma ilegal en países y ciudades con diferentes culturas y valores propios, quedando por tanto expuestos a la violencia, el acoso y la explotación. Los adolescentes encuestados y sus comunidades también desconocían la existencia de iniciativas dentro de las mismas o en sus lugares de destino orientadas a prevenir y responder ante la violencia resultante de las crisis alimentarias.

El incremento del número de menores que se ponían a trabajar iba acompañado por un descenso del número de ellos que asistían a la escuela. Por otro lado, las contribuciones realizadas por los adolescentes en épocas de crisis se consideran muy importantes y esenciales para la supervivencia de las familias. Los propios adolescentes no se obsesionaban con su futuro o con sus propias situaciones o problemas sino que parecían aceptar que era necesario que asumieran más responsabilidades como parte del orden natural de las cosas. En general, no parecía que fuesen los adultos quienes les hubiesen impuesto su papel de sustentadores. Como remarcó una adolescente, sencillamente “somos conscientes de que, si no trabajamos, no tendremos qué comer”.

Resulta interesante que cuando las crisis alimentarias impelieron a muchos adolescentes a asumir nuevos papeles dentro de la familia como sustentadores también les permitió en algunos casos tener más voz en las tomas de decisiones de la familia y de la comunidad. Para muchos chicos y chicas el estallido de una crisis alimentaria significó un abrupto final de su infancia. La presión sobre los adolescentes es importante y tiene consecuencias en su desarrollo físico y psicológico. Muchos de los chicos y chicas adolescentes entrevistados a lo largo del estudio hablaban de su desesperación y de sus dificultades simplemente porque se enfrentaban a situaciones de extrema pobreza y hambre. La parte oscura de las nuevas responsabilidades de los adolescentes es que, según se denunció, se producía un aumento de comportamientos peligrosos, sobre todo en cuanto a la exposición a la prostitución y a las drogas.

La escasez de respuestas

A pesar de las consecuencias específicas y significativas de las crisis alimentarias para los adolescentes, parece que hay pocos programas (si es que hay alguno) diseñados para ofrecer una respuesta a sus necesidades. La participación de los adolescentes en los programas de asistencia humanitaria diseñados para adultos tampoco parece responder a sus necesidades específicas. Los programas de alimentos y dinero en efectivo por trabajo en las zonas evaluadas en este estudio también tuvieron escasos efectos preventivos para la migración de adolescentes. Dado que a los adolescentes menores de 16 años no se les permite participar en estos proyectos, la migración laboral constituía una de las únicas estrategias viables de las que podían echar mano para aumentar los ingresos familiares.

Los debates sobre las crisis alimentarias en el mundo de la ayuda humanitaria parecen girar últimamente en torno al concepto de “resiliencia”. Y aun dentro de este debate, el espacio dedicado a las cuestiones de migración, protección y educación es escaso. Las respuestas humanitarias a las crisis alimentarias de evolución lenta tampoco han invertido en prevención y respuestas a los problemas específicos que afectan a los adolescentes, entre ellas la presión que sufren para migrar fuera de sus comunidades en busca de trabajo. Además del impacto negativo que esto tiene sobre los menores a nivel individual en cuanto a exposición a la violencia y sus consecuencias sobre la salud física y mental y sobre su desarrollo, existen también consecuencias a largo plazo para el avance de la comunidad en las zonas vulnerables a las crisis alimentarias. La presión sobre los adolescentes para que asuman trabajos poco cualificados como estrategia de resolución de problemas a corto plazo hace que las comunidades queden atrapadas en un círculo vicioso de pobreza, ya que los menores no pueden completar su educación básica o acceder a ofertas de empleo para personal cualificado.

A la hora de esforzarse en el futuro para crear resiliencia en zonas vulnerables a la crisis alimentaria será necesario tener en consideración iniciativas que no sólo pretendan reducir la vulnerabilidad de los trabajos de las familias sino también apoyar de forma proactiva a los adolescentes como actores clave en sus hogares y en sus comunidades en épocas de crisis. Y es que ofrecer apoyo a los adolescentes para el desarrollo de destrezas en distintas actividades generadoras de ingresos que puedan desempeñar al mismo tiempo que asisten a la escuela como la avicultura o la agricultura no sólo animaría a los padres a enviar a sus hijos al colegio, sino que también reduciría la presión de los menores a migrar para encontrar trabajo.

 

Janis Ridsdel Janis.Ridsdel@plan-international.org es especialista en protección de menores en situaciones de emergencia en Plan International. www.plan-international.org



[1] La investigación consistió en una revisión bibliográfica y en la recopilación de datos con respecto a 54 comunidades de Burkina Faso y Níger que habían sido afectadas por crisis alimentarias. Informe inédito (enero de 2013) para En doble riesgo: Las adolescentes y los desastres, Plan International (2013). http://tinyurl.com/Plan-InDoubleJeopardy2013

[2] Daniella Reale (2008) Away from Home: Protecting and Supporting Children on the Move, [Lejos de casa: la protección y el apoyo de los menores que se desplazan] Save the Children.

 

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