Si se deja a las mujeres fuera de las conversaciones de paz

Excluir a las mujeres del proceso de paz en Bosnia-Herzegovina disminuye las posibilidades de una paz sostenible. ¿Cuándo aprenderemos que la paz no puede ser sostenible y justa sin la participación activa y significativa de las mujeres?

La narrativa sobre la guerra suele retratar a las mujeres únicamente como víctimas, despojándolas de su voluntad y dejándolas sin voz ni voto en la reconstrucción de su país. Sin embargo, que las mujeres hayan sido víctimas de la violencia y que participen activamente en el establecimiento y en la consolidación de la paz no es incompatible, y ambos aspectos deben ser reconocidos durante las negociaciones de paz.

Durante el proceso de paz que precedió a la firma del Acuerdo de Paz de Dayton en 1995 no participó ni una sola mujer, ni como mediadora, ni como testigo, ni como miembro del equipo de negociaciones o signataria[1]. Su ausencia en este proceso oficial ha tenido ciertas consecuencias para la sociedad en su conjunto y también para las mujeres como colectivo dentro ella, y sobre la posibilidad de ser reconocidas como agentes del cambio en posteriores procesos.

La mesa de negociación de Dayton sólo tenía sillas para hombres que venían respaldados por el poder de las fuerzas armadas. Bajo la pretensión de garantizar los derechos humanos, estas élites masculinas consiguieron llegar a un acuerdo acerca de la fórmula para dividir el territorio. Bosnia-Herzegovina se encuentra a día de hoy paralizada por la falta de funcionalidad del aparato estatal central y las políticas nacionalistas basadas en cuestiones étnicas que son los detonantes comunes de las dos entidades creadas por el Acuerdo de Dayton[2]. La élite política nacional no ha intentado de verdad incluir las perspectivas de las mujeres en los debates sobre reformas constitucionales. Y tampoco se consiguió el respaldo de la comunidad internacional implicada en las acciones para facilitar estos debates. El argumento ‒o la excusa‒ es que las mujeres ya están incluidas de facto por su participación en la vida política e institucional de Bosnia-Herzegovina, entre otras cosas, a través de su militancia en partidos. Pero la realidad es bien diferente y es que la representación femenina es insuficiente o inadecuada.

La ausencia de mujeres durante las negociaciones de paz no es exclusiva de Bosnia-Herzegovina. ONU Mujeres publicó en 2012 un análisis de 31 procesos de paz en el que se demostraba que sólo en el 4% de ellos participaron mujeres en calidad de signatarias. Más recientemente, en las conversaciones de paz para Siria de Ginebra II, a pesar del apoyo de los Estados y de las ONG internacionales y de la existencia de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (RCSONU 1325) sobre mujeres, paz y seguridad[3], se dejó a las sirias fuera de las conversaciones de paz. Esto no solo es una afrenta patente a las obligaciones jurídicas internacionales sino también un gran desperdicio. Cuando prominentes organizaciones internacionales y locales de mujeres sirias pidieron a las Naciones Unidas que garantizaran su inclusión en las negociaciones de paz de su país en 2014, se les respondió que “la situación política era complicada”. Eso ya lo sabíamos. Pero la solución no consiste en perpetuar la división que, en primera instancia, llevó al país a la guerra. Los estudios muestran claramente que los únicos tratados que han conseguido una situación de paz sostenible son aquellos que han sido redactados con la participación de las mujeres y con la clara inclusión de un análisis de género a la hora de redactar el marco para la conclusión del conflicto, para la transición y para el futuro curso de la nación[4].

Crear un espacio para la inclusión y la participación

Compartir las experiencias de las mujeres en las negociaciones de paz y en la vida de la posguerra se ha convertido en un imperativo para las activistas feministas por la paz con el fin de crear espacios para una inclusión significativa de las mujeres y su participación activa en el establecimiento de la paz. Desde 2013 numerosas organizaciones de mujeres y activistas en Bosnia-Herzegovina, ayudadas por la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad, empezaron a trabajar para contrarrestar la mentalidad excluyente de las élites políticas mediante una iniciativa llamada “Las Mujeres se Organizan para el Cambio en Siria y Bosnia-Herzegovina”. La idea inicial era que las duras lecciones aprendidas por las bosnias ‒durante y después de la guerra‒ fuesen analizadas y utilizadas para desarrollar nuevas y mejores estrategias para que las mujeres tuvieran una participación activa y significativa en los procesos de paz. Este conocimiento se podría compartir con otras congéneres en situaciones similares para evitar errores y para que se tuvieran en consideración y se contextualizaran las buenas prácticas. Al mismo tiempo, es una oportunidad para trazar caminos hacia la creación de un movimiento femenino basado en principios feministas en Bosnia-Herzegovina que podrá actuar más allá de las políticas nacionalistas basadas en divisoras cuestiones étnicas[5].

Las activistas de Bosnia-Herzegovina se encontraron con casos de éxito pero también con muchos fracasos a lo largo de los últimos veinte años. La mayoría se podían achacar a dos factores: en primer lugar, a un acuerdo de paz fallido cuyo propósito era acabar con el conflicto armado pero que no contenía los elementos necesarios para establecer una paz sostenible. Y, en segundo lugar, el hecho de que las mujeres y la sociedad civil no tomaran parte en las negociaciones de paz.

Durante la guerra, las mujeres participaron activamente en distintas tareas para paliar las consecuencias de la violencia y en actividades de vital importancia para la supervivencia de las comunidades; asistían a las personas desplazadas internas y a las víctimas de la violencia sexual; iban a trabajar ‒desafiando a los francotiradores y los bombardeos‒ para mantener las fábricas en funcionamiento; y algunas promovían el diálogo entre comunidades en medio de la guerra. Sin embargo, no existía ningún mecanismo que permitiera trasladar esas experiencias a las negociaciones de paz oficiales. La Resolución 1325, que pedía la participación activa y significativa de las mujeres en todas las fases de establecimiento y consolidación de la paz, se adoptó cinco años después de que finalizara la guerra de Bosnia.

Las mujeres siguieron organizándose tras la guerra, algunas para exigir la verdad acerca de los familiares desaparecidos, otras para pedir que se las incluyera en las políticas oficiales. También las hubo que lideraron el difícil proceso de repatriación, a menudo a lugares en los que muchas de ellas habían perdido a parientes cercanos o en los que ellas mismas habían sido convertidas en víctimas. Eran las que tenían práctica y experiencia en saber el tiempo que se tardaría en hacer que el retorno fuera sostenible, no sólo el de la propiedad (que era el principal foco de la comunidad internacional) sino también el acceso a derechos económicos, sociales y políticos.

El fracaso en el compromiso con cuestiones de género

Muchos de los problemas que surgieron tras la guerra se podrían haber evitado si hubiese habido un compromiso político más firme durante las conversaciones de paz y se hubiera contado con la participación de representantes femeninas de la sociedad civil y asesores especializados en cuestiones de género. La violencia doméstica, la trata, la sanidad, la educación, el empleo... todo esto está relacionado con cuestiones de género y deberían haberse incluido como factores en la transición cuidadosamente planificada en la Bosnia-Herzegovina de posguerra. En su lugar, cuestiones reconocidas como “graves” o de interés étnico y nacional (como la educación) o de especial importancia para la economía política (como el empleo y la salud) se utilizaron para consolidar tanto las posturas nacionalistas basadas en cuestiones étnicas como las neoliberales. La jurisdicción sobre estas cuestiones ya se había dividido entre las diferentes élites “etnonacionalistas” en Dayton, sin abordar ninguno de sus aspectos discriminatorios o de género.

Las cuestiones reconocidas exclusivamente como “de mujeres” ‒y por tanto, no de especial importancia para la redistribución de los poderes y recursos‒ se ignoraron en Dayton y se dejó a las organizaciones de mujeres para que lidiaran con ellas. El clásico ejemplo es la violencia doméstica, la cuestión que menos tiene que ver con la política étnica. A las mujeres de Bosnia-Herzegovina se les concedió un espacio para abordar estas cuestiones, y la élite política masculina no interfirió de manera sustancial dado que este tipo de violencia refleja a las mujeres como víctimas y no como personas con poder o con capacidad de tomar decisiones. Aunque las causas de la violencia doméstica no se abordaron adecuadamente, se aprobaron nuevas leyes mejoradas a este respecto que fueron creadas por las ONG de mujeres y llevadas al Parlamento por parlamentarias.

No obstante, la cuestión de la violencia sexual en tiempos de guerra sigue estando muy politizada. Los nacionalismos pretenden aprovecharse del relato de las atrocidades cometidas por los otros con respecto a “sus mujeres”. Esta cosificación y conversión de la mujer en un bien se reflejaba en el modo en que evolucionó el proceso de paz, en especial en lo que respecta al acceso a la justicia. En lugar de adoptar un enfoque para tratar y mejorar la situación de las supervivientes que también tuviera unas repercusiones más amplias y transformadoras sobre la sociedad, la reacción de las élites de una y otra parte han sido, en el mejor de los casos, ambivalentes y, en el peor, capciosas. Algunas de las cuestiones elevadas por los colectivos de mujeres tenían que ver con la reparación transformadora. Sin embargo, la respuesta fue “conceder” una especie de compensación que era más una ayuda social que una reparación de los abusos sufridos durante la guerra, lo que al final obligaba a las mujeres a depender de la asistencia social. Y ni siquiera esta especie de compensación se concedió a todas las supervivientes sino solo a aquellas que vivían en la Federación o que reunían una serie de (problemáticos) requisitos.

En los últimos más de 20 años las ONG bosnias han tenido que adquirir una experiencia considerable en lo que respecta a la provisión de servicios como asistencia médica y apoyo psicosocial. Mientras tanto, las instituciones oficiales como los centros para el cuidado de la salud mental y los de bienestar social han hecho poco o nada para mejorar su capacidad de provisión de ayuda y servicios. Los supervivientes reciben hoy en día asistencia sólo a través de las ONG, que siguen dependiendo del apoyo de donantes extranjeros para poder seguir con su vital trabajo.

Existe un vínculo inherente entre el modo en que dichos servicios han sido “externalizados” y la consecución de una justicia real. Los aspectos jurídicos formales de la Bosnia-Herzegovina de posguerra creados (el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, el Tribunal de Bosnia-Herzegovina, etc.) ofrecen un marco para la rendición de cuentas por acciones delictivas pero han fracasado a la hora de proporcionar una justicia global. La noción de justicia ha sido demasiado limitada y ha quedado reducida a procesar y condenar a los que perpetraron los delitos (al principio éstas eran también las exigencias de las propias víctimas).

Se debería haber complementado el establecimiento de estos mecanismos de justicia oficiales, prestando atención seriamente a los derechos sociales y económicos, de forma que la reconstrucción de Bosnia-Herzegovina tras la guerra hubiera estado respaldada por un proceso de transición transformador. Sólo mediante un proceso inclusivo se podrían haber detectado las necesidades, por lo que la ausencia de las mujeres hizo que el fracaso fuera inevitable. Esto sigue siendo un reto, dado que  la “silla” en la mesa de negociación ha demostrado ser irrecuperable.

 

Gorana Mlinarević g.mlinarevic@gold.ac.uk

Investigadora, Proyecto Justicia de Género, Goldsmiths, Universidad de Londres. www.gold.ac.uk/genderofjustice

 

Nela Porobić Isaković nporobic@wilpf.ch

Coordinadora de proyectos, Mujeres organizadas para el cambio en Siria y Bosnia-Herzegovina, Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad. http://womenorganizingforchange.org/en

 

Madeleine Rees mrees@wilfp.ch

Secretaria General, Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad. www.wilpfinternational.org

 


[1] ONU Mujeres (2012) Participación de las mujeres en las negociaciones de paz: relaciones entre presencia e influencia, p. 4 http://tinyurl.com/ONUmujeres-negocpaz-2012

[2] El Acuerdo de Paz de Dayton creó una Bosnia-Herzegovina descentralizada y dividió el país en dos entidades, la Federación de Bosnia-Herzegovina y la República Srpska, con un débil Gobierno central.

[3] www.refworld.org/docid/3b00f4672e.html

[Disponible en árabe, español y francés en el mismo enlace]

[4] Véase, por ejemplo, Paffenholz T. (2014) Civil Society and Peace Negotiations: Beyond the InclusionExclusion Dichotomy [Sociedad Civil y Negociaciones de Paz: más allá de la dicotomía entre la inclusión y la exclusión], Negotiation Journal, Vol. 30, Nº 1, páginas 69-91. 

[5] Puede consultar los informes de todos los debates en la web http://womenorganizingforchange.org/en/events/retrospective-exercise/

 

 

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