Melilla: un espejismo en el camino a Europa

No parece haber consenso entre quienes llegan a Melilla sobre si se consideran ya en Europa o aún en África. 

El enclave de Melilla es un territorio español de 12 km2 situado en la costa mediterránea del norte de África que tiene frontera con Marruecos. Para algunos, esta «Europa fuera de Europa» representa un modo de llegar a este continente.

La frontera se encuentra actualmente muy fortificada debido al gran número de entradas sin autorizar: tiene tres vallas, construcciones de seis metros de altura con alambre de espino en su parte superior y guardias patrullando abajo. Pero el aumento del refuerzo de las fronteras no ha conseguido impedir que los migrantes las crucen. La mayoría de los que pasan a Melilla se quedan en un centro estatal gestionado por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social de España conocido como Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Normalmente es allí donde se procesarán sus casos, con independencia de que se trate de uno de asilo o de una posible deportación.

Las demografías del centro son diversas. Los dos mayores colectivos son africanos subsaharianos y sirios, con una gran diversidad dentro y fuera de cada colectivo. Pero el principal factor que encontramos que les unía a todos era la espera y la omnipresente incertidumbre que conlleva. Nadie sabía cuánto tiempo iba a tener que esperar en el CETI y pocos eran conscientes de qué les esperaba cuando partieran hacia el territorio español peninsular; un viaje y un concepto al que se referían como la "salida".

El efecto de la incertidumbre

Una consecuencia de esta incertidumbre fue la aparición de explicaciones en las conversaciones entre los migrantes. Debido a la escasa transparencia del procesamiento de los casos, las teorías eran comunes y a veces bastante elaboradas, así como las historias o rumores que aumentaban la preocupación de nuestros interlocutores sobre lo que les estaba ocurriendo y por qué. La falta de transparencia y de información no se queda ahí sino que crea todo un abanico de teorías y explicaciones para rellenar los huecos provocados por la incertidumbre.

Aunque estaban de acuerdo en que podían hacer bien poco para acelerar el proceso de espera, compartían la creencia generalizada de que un mal comportamiento prolongaría su estancia allí. Un encuestado declaró que: «En el momento en que te portas mal, las autoridades te castigan. Te pueden expulsar del CETI durante días o durante horas. Te quitan el carné para que se te deniegue el acceso. Crear problemas podría retrasar tu "salida". Con independencia de que esta sanción la llevaran o no a cabo las autoridades españolas, los residentes en el CETI la daban por hecho, por lo que se comportaban con la esperanza de una pronta "salida".

Otro factor que define la percepción de tránsito era, como no es de extrañar, la cantidad de información que poseían. Los que parecían tener la mayor ventaja en términos de conocimiento fueron los que se habían conectado mediante redes sociales en línea con otros migrantes, o quienes tenían familiares que ya habían pasado por el viaje a Europa.

Mientras que nuestros  interlocutores subsaharianos —a excepción de aquellos con estudios superiores— manifestaron que sólo iban de camino a lugares en los que pudieran encontrar trabajo, los sirios señalaban con más frecuencia un destino geográfico específico y cómo llegarían hasta allí. En línea con el Reglamento Dublín, el primer país de llegada es el responsable del Procedimiento de Determinación de Asilo y en este caso le tocaba a España. Pero aun así no todos planeaban quedarse durante un tiempo cuando llegaran a la península. Algunos estaban convencidos de que ciertos países europeos no les devolverían a España. Como señaló un sirio: «A Alemania no le importan las huellas dactilares». Esta percepción de la falta de rigidez del sistema y la posibilidad de lo que un joven abogado procedente de Damasco tradujo como «romper las huellas dactilares» podría verse como una forma de aferrarse a la idea de la movilidad.

Uno de nuestros interlocutores admitió que: «Las imágenes que vemos son las que nos hacen soñar». Todos nuestros encuestados tenían una idea de la «Europa» a la que se dirigían. Sin embargo, Melilla no representaba esa Europa. Estaban en África porque no estaban en el continente europeo; pero Melilla forma parte de España, no de Marruecos.

Rechazar Melilla como ciudad europea puede verse como una forma de mantener la esperanza, como ilustraba una entrevista que realizamos a un sirio kurdo. Había dejado a su familia en el Kurdistán iraquí y viajaba solo para entrar en Europa. Sus intentos iniciales de atravesar la frontera de Bulgaria habían acabado con la policía búlgara requisándole todas sus pertenencias y expulsándole. Entonces voló a Argelia y luego caminó hasta la ciudad marroquí de Nador. Cruzar la frontera entre España y Marruecos le costó cuatro intentos. Cuando llegó al CETI, declaró estar decepcionado por las condiciones a las que se enfrentaba: «No hay tranquilidad. El personal del CETI me trata como a un perro». Sin embargo, en vez de desilusionarse por el trato inhumano recibido en Europa, lo justificó diciendo que en realidad todavía no había llegado: «Melilla no es Europa». La esperanza de «Europa» como un destino pacífico sigue siendo un espejismo en el horizonte que le permite mantener su mirada fija en algo que finalmente compensará su lucha.

Sumarse a la idea de que Melilla no es Europa parece servirles para explicar que las cosas todavía no les vayan bien y aferrarse a la idea de que estarán mejor cuando por fin lleguen a la «verdadera» Europa. La desmotivante incertidumbre del presente sólo se puede sobrellevar gracias a la promesa que ofrece el futuro.

 

Frida Bjørneseth fridabj@gmail.com

Estudiante de máster en Estudios Globales sobre los Refugiados, Universidad de Aalborg, e investigadora adjunta, Irise International, Uganda www.irise.org.uk/

En mayo de 2015 formó parte de un grupo que realizó un trabajo de campo centrándose básicamente en los migrantes que se quedaban en el CETI o en to

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