Prólogo: Confianza en la movilidad a través de más de una generación

Europa no necesita renunciar a su libertad de circulación sino desarrollar un régimen de movilidad con un mayor control. Así controlaría sus fronteras mucho mejor.

No se puede frenar la migración sin violar masivamente los derechos humanos de los migrantes. Puede desviarse y reconducirse durante un tiempo, pero los esfuerzos europeos para frenar la migración irregular fracasarán a gran escala debido a los factores de atracción y de expulsión que existen actualmente, como la búsqueda de supervivencia por parte de los migrantes y las necesidades del mercado laboral de los países europeos. “Luchar contra los contrabandistas” de forma aislada es inútil; el mercado de la migración irregular se ha creado por las barreras a la movilidad. Y respecto a muchas otras cuestiones sociales, la prohibición es parte del problema, no de la solución. Las personas necesitan trasladarse y las mafias oportunistas les están ofreciendo servicios de movilidad. Sería mucho más eficiente y barato organizar la movilidad que intentar resistirse a ella.

Equiparar la soberanía territorial a poder parar a todo el mundo en la frontera es una quimera. Todas las fronteras son porosas y las democráticas, especialmente. Nos hallamos ante una paradoja: en busca del control de fronteras, los Estado han perdido su control sobre ellas. La soberanía territorial debería entenderse más bien como la capacidad de saber quién cruza las fronteras. Para eso los migrantes deberían acudir al guardacostas, no al contrabandista. Los Estados deberían ofrecer las soluciones de movilidad que los migrantes necesitan –una movilidad controlada que permita a los migrantes conseguir visados y comprar billetes de ferri– y reclamar así el mercado de la movilidad que se encuentra actualmente en manos de los contrabandistas. Las agencias de seguridad necesitan más que nada información acerca de los individuos, algo que pueden conseguir a través de la tramitación de los visados.

Europa necesita implementar programas de reasentamiento masivo a largo plazo por varios años para ciertos tipos de refugiados como los sirios. Los migrantes no pagarán grandes sumas de dinero a los contrabandistas ni arriesgarán las vidas de sus hijos si ven que podrán disponer de una movilidad segura, legal y barata en un futuro próximo. Si se habilitaran salidas y llegadas regulares organizadas se reduciría de forma considerable el mercado del contrabando y ayudaría a combatir los estereotipos que asocian a los migrantes con el caos. También ayudaría a que los principales políticos europeos desarrollasen un discurso político a favor de la movilidad, la migración y la diversidad que tristemente tanto ha faltado durante las últimas tres décadas. La “crisis” en Europa es de liderazgo político, no de capacidad. Dos millones de refugiados en cinco años, distribuidos entre los 28 países de la Unión Europea, suponen una cifra muy pequeña por año y país en proporción a su población.

Para otros “migrantes por supervivencia” –aquellos que necesitan marcharse para poder dar de comer a sus familias– Europa necesita confiar en la movilidad durante más de una generación y abrir la frontera de forma progresiva a aquellos que vengan en busca de trabajo, mediante el desarrollo de regímenes de liberalización y facilitación de visados, y creando opciones de visado inteligentes con incentivos para que se respeten las condiciones. El objetivo sería permitir una corriente regulada de ida y vuelta a través de las fronteras, de manera que los migrantes vengan cuando haya trabajos para ellos y se marchen cuando dichos trabajos ya no estén. Un objetivo colateral sería reducir considerablemente los mercados laborales clandestinos que atraen a la migración irregular mediante la realización de inspecciones laborales y la imposición de sanciones más duras al empleador.

Confiar en la movilidad y crear un mejor régimen de movilidad controlada permitiría aprovechar esta extraordinaria oportunidad económica y protegería los derechos de todos. Alargarlo en el tiempo, incluso a más de una generación, permitiría preparar el terreno, experimentar con los mecanismos y crear confianza en que no es un proceso destructivo sino lo contrario, una oportunidad enriquecedora tanto a nivel material como cultural.

François Crépeau francois.crepeau@mcgill.ca

Director del Centro McGill para los derechos humanos y el pluralismo legal (McGill Centre for Human Rights and Legal Pluralism) www.mcgill.ca/humanrights/mcgill-centre-human-rights-legal-pluralism y Relator Especial de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos de los migrantes.    

 

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