Aldeas de paz para repatriados en Burundi

Las aldeas de paz de Burundi, que están destinadas a ser tanto modelos para la reintegración como centros de desarrollo económico, han encontrado una serie de problemas que están relacionados con la continua fragilidad del país como Estado.

Desde 2005 en Burundi se han edificado aldeas especialmente construidas para acoger a los repatriados sin tierra y “desarraigados” que retornan del exilio en Tanzania. Algunos fueron refugiados desde 1972 y otros desde 1993. Aunque la mayoría de los refugiados pudieron retornar a su propia tierra, algunos de ellos no tenían a dónde ir. Los “repatriados hutu de 1972” apenas tenían algunos vínculos con su país de origen y no conocían su tierra o la tierra de sus padres en Burundi.

Finalmente esto motivó la idea de construir aldeas para albergar a quienes habían recurrido a la ocupación de las oficinas de las autoridades administrativas, exigiendo una solución a su difícil situación. Los twa (el tercer mayor grupo étnico de Burundi) sin tierra, los desplazados internos tutsis y otras categorías de personas vulnerables también fueron invitados a asentarse en las aldeas con el objetivo de reavivar la diversidad social. Esto les valió el título de “aldeas de paz”. Con la continua afluencia de refugiados, existía una necesidad cada vez más urgente de encontrar una solución permanente para los repatriados. Para ello el ACNUR cooperó con el gobierno para crear una primera generación de 19 aldeas en todo el país entre 2004 y 2007, a pesar del hecho de que el concepto de aldea es ampliamente desconocido en el panorama burundés, donde las casas están generalmente dispersas en las laderas.

Una evaluación de la primera generación de aldeas de paz sugiere que no sólo las edificaciones se estaban deteriorando, sino que las aldeas no lograron proporcionar a sus habitantes ningún modo para reintegrarse en el entorno socio-económico local. Entonces se decidió la construcción de una segunda generación de aldeas, ya no para ofrecer simplemente un alojamiento sino también agua y condiciones sanitarias decentes, así como medios de subsistencia, tierras aptas para el cultivo y actividades de generación de ingresos para los habitantes. Ocho nuevas aldeas conocidas como Aldeas de Paz Rurales Integradas fueron construidas en las provincias del sur del país entre 2007 y 2010.

Cinco o incluso, en algunos casos, diez años después de la construcción de las aldeas de paz, su éxito puede verse, en el mejor de los casos, como parcial. La reintegración es una realidad geográfica más que social y el riesgo es que, en muchos lugares, los habitantes de las aldeas serán vistos como ciudadanos de segunda clase por al menos otra generación. Ninguna de las aldeas parece haber impulsado la reintegración en el grado que fue prometida. Muchas aldeas siguen dependiendo de la ayuda alimentaria del Programa Mundial de Alimentos y del Ministerio de Solidaridad Nacional, y la actividad económica apenas parece haber comenzado en algunas aldeas. En la práctica, las aldeas no son entidades económicamente viables, son presa de la especulación inmobiliaria y existen tensiones emergentes con las comunidades locales. Las aldeas en áreas de baja fertilidad se esfuerzan por atraer a los repatriados, quienes prefieren permanecer en centros de alojamiento temporal del ACNUR.

¿El círculo vicioso de la fragilidad?

Mientras que las políticas de "aldeización" en la región oriental y central de África son memorables por el hecho de que con frecuencia involucraron la coerción (como en Etiopía, Uganda, Tanzania, Ruanda y en la década de 1990 en el propio Burundi), estos aldeas son, técnicamente, la vivienda sólo de aquellos que viven allí voluntariamente. Sin embargo, su naturaleza “voluntaria” sigue siendo cuestionable, dada la situación en que se encontraban las personas antes de mudarse a una aldea, un desplazamiento que con frecuencia se hacía con la promesa de una vida digna. Las Aldeas de Paz de Burundi construidas entre 2004 y 2010 también se caracterizan por su doble objetivo siendo no sólo lugares de reintegración, sino también, en la retórica oficial, ejemplos de desarrollo en uno de los países más rurales del mundo. Se considera que las viviendas dispersas en las laderas de Burundi no contribuyen al desarrollo económico del país, debido a que es más fácil prestar servicios sociales básicos a una población más densamente concentrada. La retórica es, de hecho, bastante similar a la utilizada en el programa de "aldeización" ujamaa en Tanzania y el programa imidugudu en Ruanda.

Fundamentalmente, el proyecto de reintegración de las aldeas de paz es increíblemente ambicioso. Para tener éxito a largo plazo, requiere efectivamente que el Estado (y no la ayuda internacional) esté en capacidad de ofrecer a sus habitantes un nivel adecuado de servicios sociales básicos y un grado de seguridad – precisamente dos de las características cuya ausencia define a un país frágil.

Aunque la seguridad en las aldeas no siempre es tan buena como podría ser, es un problema menor respecto a la falta de servicios sociales básicos que respondan a las necesidades específicas de los habitantes de las aldeas. Un ejemplo típico es la educación primaria. Como resultado de su estancia en Tanzania, la mayoría de los niños en las aldeas ha aprendido swahili en lugar de kirundi, que es el idioma nacional de Burundi y el idioma en que se imparte la enseñanza primaria. A menos que tengan la suerte de beneficiarse de uno de los proyectos organizados por las organizaciones internacionales de ayuda que proporcionan apoyo para la educación, los niños de las aldeas tienen pocas posibilidades de tener éxito en el sistema educativo de Burundi. Por otra parte, el Estado no está en condiciones de proporcionar en las áreas aledañas el mismo nivel de servicios sociales básicos ofrecido a las aldeas – como suele ser el caso del agua – y esto da lugar a disputas comunitarias, pudiendo llegar incluso al sabotaje de la infraestructura.

La falta de legitimidad del Estado también puede verse en las aldeas de paz por la limitada capacidad de las instituciones locales de mantener relaciones comunitarias pacíficas. Los repatriados, sin embargo, representan una potencial fuente de desarrollo. La mayoría de ellos, por ejemplo, habla swahili y tiene algún conocimiento de inglés, que son importantes recursos para un país que se ha unido a la Comunidad del África Oriental a pesar de no compartir las dos lenguas francas de la región.

Una de las causas de la fundamental fragilidad de Burundi y otros países de la región es la tierra. Las aldeas – debido a que ocupan la tierra y la ponen a disposición de sus habitantes para la agricultura de subsistencia – añaden un nivel adicional de problemas a una situación donde existe un limitado número de mecanismos de resolución de conflictos. El setenta por ciento de los litigios ante los tribunales locales en Burundi involucran la tierra y el tamaño promedio de las parcelas se ha reducido a lo largo de las sucesivas generaciones a 0,3 hectáreas. Se piensa que casi un 18% de las tierras del país son objeto de controversia. A pesar de sus recientes esfuerzos, el propio Estado lucha por aclarar la situación de numerosas extensiones de tierra. A nivel local, las autoridades están permanentemente abrumadas de trabajo.

Si la fragilidad del Estado es un obstáculo importante para el éxito de la reintegración por medio de las aldeas de paz, las propias aldeas también traen consigo el riesgo de perpetuar esa misma fragilidad. Éstas amenazan con deslegitimar al Estado, que parece no estar en capacidad de manejar la situación. Al mismo tiempo, mientras las aldeas sigan siendo lugares donde los ciudadanos de segunda clase dependen de la asistencia humanitaria para vivir, estos representan una fuente de frustración. La situación parece imposible de resolver, ya que la “solución” que propone la aldea trae sus propios problemas, creando un círculo vicioso de fragilidad.

Las aldeas son un tema espinoso y es muy fácil simplemente descartar por completo todos los esfuerzos que se han hecho hasta la fecha. La reintegración de más de 5.000 familias desarraigadas que llegaron casi de golpe es un gran desafío para cualquier país, y tanto más para Burundi, una nación frágil que apenas está recuperándose de una sangrienta guerra civil. Un enfoque caso por caso, basado en la reintegración familia por familia, colina por colina, pareciera menos problemático, pero es una tarea monumental. Y más aún cuando otros 35.200 ciudadanos burundeses retornaron a finales de 2012 cuando el campamento Mtabila en Tanzania fue cerrado. El error cometido con las aldeas como solución para la reintegración fue tal vez una cuestión de tratar de pensar demasiado en grande, demasiado rápido y de poner la carreta delante del caballo. La historia parece indicar que las ciudades y las aldeas no conducen al desarrollo económico; sino que es el desarrollo económico el que impulsa la creación de ciudades y aldeas.

El fortalecimiento de la capacidad del Estado – que es una parte necesaria para sacar al país de su fragilidad – requiere la confianza de sus ciudadanos, pero desafortunadamente la historia de las aldeas de paz, tal y como se ha venido desarrollando desde hace unos diez años, sigue ilustrando la incapacidad del sistema de ganar su confianza y así salir de la fragilidad. No tenemos una solución milagrosa para las aldeas, excepto la esperanza de que la actividad económica finalmente repunte y logre transformar las aldeas, que en la actualidad se mantienen vivas por la asistencia, en comunidades estables y sostenibles donde se respeten los derechos humanos fundamentales.

 

Jean-Benoît Falisse jean-benoit.falisse@qeh.ox.ac.uk es investigador de St Antony's College, Oxford. René Claude Niyonkuru rcniyo@yahoo.com es investigador sobre políticas agrarias y estudiante de maestría en el Instituto de Política y Gestión del Desarrollo, Universidad de Amberes, Bélgica.

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