El humanitarismo confesional en el norte de Myanmar

La respuesta de las organizaciones confesionales ante el desplazamiento en el norte de Myanmar ha sido notable; pero siempre será complicado mantener una relación abierta y colaborativa con la comunidad internacional.

La reanudación del conflicto armado en 2011 en el norte de Myanmar provocó que decenas de miles de personas acabaran convirtiéndose en desplazadas. Tres años después, sigue habiendo más de 99.000 personas desplazadas internas. En esta zona predominantemente cristiana de Myanmar, las comunidades y organizaciones baptistas y católicas han sido cruciales proveedores de ayuda. Desde la cristianización de Kachin a finales del siglo diecinueve, las iglesias han ofrecido servicios públicos que el Estado dejaba de proveer, por lo que se han legitimado a lo largo de varias generaciones y han conseguido lo que tal vez sea más importante: la confianza del pueblo. Más recientemente, cuando se inició el conflicto las iglesias y sus miembros sirvieron, como es lógico, de lugares de calma y descanso en los que los grupos podían dar respuesta a las necesidades humanitarias inmediatas de las personas que compartían una misma fe o incluso de los miembros de la misma congregación, con independencia de que se tratara de zonas controladas por el Gobierno o no.

Más allá de este historial de organizaciones confesionales que ayudan a satisfacer las necesidades de la gente, también se ha discutido que su éxito se deba a estar en una posición que les permite cooperar con ambas partes del conflicto. Aunque el Gobierno de Myanmar es mayoritariamente budista, le quedan pocas opciones más que aceptar a las iglesias y organizaciones confesionales que han respondido a las necesidades de los desplazados internos a través de sus extensas redes sociales religiosas. Por su naturaleza, las organizaciones confesionales sienten que es su deber atender las necesidades de los civiles. Aunque carezcan de una gran experiencia en tareas de trabajo humanitario, consideran que no tienen otra opción. Mientras las agencias internacionales siguen luchando por acceder de forma regular y previsible a más de la mitad de la población desplazada en áreas no controladas por el Gobierno, esto no supone un problema para las organizaciones confesionales y su personal. El acceso a terrenos adecuados ‒a menudo un grave problema a la hora de proporcionar cobijo en las operaciones humanitarias‒ suele resolverse mediante refugios y campamentos situados dentro de las instalaciones de la iglesia.

Su escaso número ha resultado beneficioso para evitar los problemas inherentes a los grandes campos abarrotados y también en términos de flexibilidad de la capacidad de respuesta de las organizaciones confesionales. Las organizaciones evolucionaron y se desarrollaron de forma orgánica a medida que las necesidades iban surgiendo, y se basaron en su presencia previa, sus conocimientos y las relaciones ya establecidas con las personas desplazadas. Más que en una respuesta a gran escala que se centre en que todos los beneficiarios reciban lo mismo en un esfuerzo por garantizar la equidad, estas organizaciones confesionales trabajan para que cada persona o familia reciba lo que necesite. Un programa financiado a nivel internacional permitió situar centros de coordinación predeterminados en los campos para responder a necesidades específicas de los desplazados internos. Fue muy popular entre las organizaciones confesionales y, cuando los canales de financiación se agotaron temporalmente, consiguieron el apoyo de las iglesias y de los empresarios locales para que se pudiera seguir ofreciendo asistencia humanitaria.

 

Ventajas y limitaciones de las organizaciones confesionales

También se cita su clara cadena de mando como una ventaja: pueden tomar decisiones en función de una jerarquía eclesiástica por la que los obispos católicos y los pastores baptistas tienen la última palabra. Aunque los líderes puedan pasar poco tiempo sobre el terreno (algo que también podría decirse de algunos miembros sénior de las agencias internacionales), disponen de un ejército de personal de apoyo que compone y forma parte de una poderosa red social. Las organizaciones confesionales claves incluyen su fe consagrada en su nombre: Convención Bautista de Kachin (KBC, por sus siglas en inglés); Servicios Sociales Karuna[1] Myanmar (KMSS, Caritas Myanmar). La fundación para el desarrollo Metta Development Foundation describe su “fuerza impulsora” como la materialización del concepto de “bondad amorosa” que se encuentra en los cánones budistas, aunque resulta bastante interesante que el liderazgo tienda a ser cristiano. Parece que los indicios de proselitismo son escasos aunque tal vez no fueran necesarios, ya que los beneficiarios estaban comprometidos con sus proveedores humanitarios, con quienes estaban familiarizados por formar parte de la misma confesión religiosa.

A pesar de todos estos puntos positivos, las organizaciones confesionales también se enfrentan a limitaciones y retos como actores de respuesta humanitaria. Cuando asumieron el papel de actores de respuesta humanitaria a gran escala en la crisis de Kachin, estas organizaciones mostraron varias tendencias respecto a sus estructuras, personal y mandatos que podría decirse que supusieron retos a su respuesta. En primer lugar, la cifra de reemplazos de personal puede ser elevada y aunque algunos miembros de la plantilla tengan mucha experiencia y sean muy profesionales, a otros se les contrata más por su fe o por su relación con la iglesia. En segundo lugar, en los sectores técnicos el conocimiento de los estándares mínimos puede ser mínimo o nulo. Y en tercer lugar, las escasas prácticas de documentación, la falta de transparencia o de un sistema de rendición de cuentas sólido puede menoscabar la confianza de los donantes a la hora de plantearse hasta qué punto deberían financiarles o no. Su petición de ampliación de la financiación puede basarse únicamente en la lógica de lo que a ella, a la organización confesional concreta, le gustaría hacer de forma intuitiva pero con poco análisis sobre la situación en general.

Otra preocupación es la cuestión de la imparcialidad. Aunque existen unos cuantos ejemplos de campos católicos que atienden las necesidades de los desplazados internos baptistas y viceversa, los residentes de los campos suelen pertenecer a un colectivo religioso concreto ya que los desplazados internos se suelen desplazar hasta la institución más cercana que comparta su fe, lo que podría considerarse contrario a los principios fundamentales de la labor humanitaria. Además, algunos han cuestionado si la relación ya de por sí paternalista entre los desplazados y sus iglesias se amplía hasta el punto de que se carezca de algunas de las comprobaciones y balances necesarios entre el proveedor de la ayuda y su receptor. Esas dinámicas pueden limitar la rendición de cuentas de las organizaciones confesionales a sus beneficiarios y la participación de éstos en la determinación de cuál sería el tipo de asistencia que se adaptaría mejor a sus necesidades.

Asistencia internacional

A medida que la situación de desplazamiento cumple su cuarto año, en los dos últimos se ha visto un aumento de la asistencia humanitaria internacional. Sin embargo, casar las dos esferas de las que se compone sigue constituyendo un reto debido a varias razones. Algunas partes de la respuesta internacional (como los grupos o clusters) no se activaron hasta 18 meses después de que se hubiera reanudado la guerra, y los esfuerzos para introducir los estándares internacionalmente reconocidos contra este escenario de fondo han sido más duros, como era de esperar. En segundo lugar, puede existir cierta animadversión hacia las agencias internacionales al considerar que se basan en mano de obra expatriada y que su presencia es temporal mientras que las organizaciones confesionales están allí para quedarse. Finalmente, algunos sugieren que la influencia de los organismos de ayuda internacional tiene tintes neocolonialistas, lo que se suma a la falta de confianza sobre sus verdaderas intenciones. Independientemente de cuál sea la verdad, lo que está claro es en qué medida las diferencias organizativas son culturales.

Pero estas diferencias no sólo son culturales sino también estructurales. Mientras la comunidad humanitaria internacional organiza su respuesta por sectores, las organizaciones confesionales locales tienden a adoptar un punto de vista más amplio, más alternativo y pretenden abordar la totalidad de las diferentes necesidades de los desplazados. El resultado puede ser que a las organizaciones confesionales se les pida que asistan a una gran variedad de foros de coordinación, lo que hace que acaben frustradas. Los organismos de ayuda internacional también tendrán por lo general claras líneas de denuncia e intercambio de la información entre las oficinas sobre el terreno y sus sedes en Yangón, la ciudad más grande de Myanmar. Sin embargo, las organizaciones confesionales pueden estar estructuradas en torno a determinadas demarcaciones religiosas como diócesis católicas o convenciones baptistas. Algunas no están presentes en Yangón mientras que otras, aunque tengan oficinas allí, comparten poca información o informes con otras oficinas locales o con sus sedes en esta ciudad.

Hay que aceptar que se tardará tiempo (probablemente años) en originar una mayor coherencia y convergencia entre las dos esferas, a pesar de la habitual impaciencia del mundo de las respuestas humanitarias. Si pensamos en el futuro, el camino será alcanzar un beneficio mutuo por medio del asociacionismo. Se deberá tratar a las organizaciones confesionales como a iguales de facto y de iure, nunca como a socios implementadores o peor, como a contratistas. Al mismo tiempo, la falta de reciprocidad o de feedback sobre los repetidos esfuerzos de los organismos de ayuda internacional y de los foros internacionales para llegar hasta allí hacen un flaco favor a las organizaciones confesionales locales, en especial si lo que desean es apoyo financiero y reconocimiento por parte de la comunidad internacional. Resulta ingenuo pensar que los donantes y las agencias internacionales harán entrega de millones de dólares sin ejercer una mínima influencia sobre lo que ocurre con esos fondos. Los marcos internacionales exigen transparencia, consulta y que se comparta la información. Y aunque mucha de la literatura y del pensamiento sigue enfatizando las ventajas de trabajar a través de organizaciones locales o con ellas, las organizaciones confesionales locales también compiten con las agencias del lugar por la influencia y la credibilidad.

La necesidad de una mayor colaboración y confianza entre las agencias internacionales y las organizaciones confesionales locales resulta evidente de por sí, aunque tal vez el obstáculo más difícil de sortear sea la falta de confianza. Aunque esta suspicacia no nos pilla por sorpresa, pocos podrían rebatir el hecho de que, en combinación, si cada una de estas esferas aportara sus áreas de especialización y sus ventajas comparativas, la respuesta humanitaria sería mucho más efectiva que si trabajan de forma paralela o compitiendo entre ellas. Se requiere que haya voluntad por ambas partes de mirar hacia afuera y reconocer que, aunque los medios y la mentalidad puedan ser diferentes muchas veces, ambas quieren conseguir lo mismo y luchan por la misma causa.

 

Edward Benson benson@unhcr.org es coordinador del grupo de refugio y artículos no alimenticios del Cluster de coordinación y gestión de campos, ACNUR Myanmar. www.shelternficccmmyanmar.org

Carine Jaquet carine.jaquet@gmail.com fue jefa de ACNUR en el Estado de Kachin en 2012-13 y actualmente es investigadora en el Research Institute on Contemporary Southeast Asia (Instituto de Estudios sobre el Sudeste Asiático Contemporáneo), Bangkok. www.irasec.com

Las opiniones reflejadas en el presente artículo son las de los autores y no necesariamente reflejan las de las Naciones Unidas o ACNUR.



[1] El concepto budista de la “acción compasiva basada en la razón”.

 

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