El valor del acompañamiento

La amistad y el acompañamiento compasivo para con los más vulnerables es un tipo de servicio humanitario importante que prioriza el acompañamiento personal. 

El Servicio Jesuita a Refugiados es una organización católica internacional fundada en 1980 para responder a la apremiante situación de los refugiados del mar vietnamitas, con un mandato de acompañamiento, servicio y defensa para los refugiados y otras personas desplazadas forzosamente[1]. En el trabajo de acompañamiento, nos movemos más allá de la mera prestación de servicios y ofrecemos compañía, escucha activa y solidaridad, centrándonos en las necesidades y preocupaciones personales de cada individuo. Para nosotros, el acompañamiento es un proceso que refleja la creencia fundamental de que existe una presencia divina en la tierra, y expresa nuestra solidaridad y compasión. Con el acompañamiento pretendemos atenuar el enorme vacío de poder entre el trabajador humanitario y el beneficiario, y esperamos que aumente el deseo de las personas desplazadas de participar realmente en los programas y servicios que les afectan.

En prácticamente todas las historias de refugiados o migraciones forzadas aparece de fondo la amenaza de la guerra y la violencia, la desesperanza ante el sufrimiento y las privaciones, el anhelo de ser escuchado y de contarle a alguien su propia historia, y el valor de los pequeños gestos de compasión y respeto. Empoderar a los refugiados equivale a devolverles su autoestima y la esperanza de cara al futuro. Hacer que participen en los planes que se han realizado para sus vidas no sólo es una cuestión de sensatez sino también una necesidad psicológica y moral, una condición previa para desarrollar proyectos efectivos y sostenibles, proyectos que deberían ser el distintivo de los programas humanitarios de las organizaciones confesionales. Por supuesto, las organizaciones basadas en la fe pueden y deben dirigir grandes programas de asistencia humanitaria en los que emplearán toda su experiencia profesional, pero estos enfoques a gran escala deben estar siempre al servicio de enfoques personales y humanos, y nunca hacerles parecer inferiores.

El acompañamiento puede suponer un antídoto contra la “cosificación” de los beneficiarios, algo que por desgracia se produce muy a menudo en las operaciones de ayuda humanitaria a gran escala. Recordamos nuestra experiencia en el oeste de Zambia, donde una repentina afluencia de refugiados angoleños acababa de llegar a un nuevo campo de refugiados recién erigido. Aunque oficialmente su tarea era ofrecer servicios educativos, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) decidió por su cuenta abogar en un sentido más amplio por los intereses y los derechos de los refugiados frente a las autoridades del campo. Una cuestión importante para los refugiados pero de baja prioridad para las acosadas autoridades gubernamentales y del campamento era la realización de un censo de quienes que habían fallecido desde su llegada a Zambia. El Servicio Jesuita a Refugiados asumió la responsabilidad de llevar un registro de los fallecidos en nombre de los vivos. Al llevar a cabo este sencillo pero significativo servicio, acompañó a los refugiados en su trayecto vital al permitirles dejar constancia de forma oficial de la importancia de aquellos que se habían marchado antes que ellos. La muerte es quizá un aspecto particularmente importante de una vida de fe, y por lo tanto, importante para las organizaciones confesionales, pero no es el único ejemplo; hay muchos lugares donde hay una intersección entre la fe y el instinto humanitario. La importancia de la compasión hacia los necesitados o el valor de la compañía para el viaje de la vida son prácticas impuestas por un enfoque basado en la fe y proporcionan un tipo de servicio humanitario de gran alcance y especial, dando prioridad al acompañamiento personal.

Un enfoque del acompañamiento basado en la fe también ofrece una visión alternativa que permite ver las implicaciones programáticas de la entrega del servicio.

·      Debido a sus fuertes lazos con los líderes religiosos locales y con las comunidades, las organizaciones confesionales se encuentran en una posición privilegiada para defender la integración local, y acentuar los valores de hospitalidad y solidaridad.

·      La intervención humanitaria a menudo se percibe como una ayuda lanzada desde fuera pero las organizaciones confesionales normalmente tienen una perspectiva, conocimientos y destrezas locales.

·      Las organizaciones confesionales han constituido una poderosa herramienta en las tareas de defensa de la causa a nivel nacional e internacional, y han conseguido que se conozca la apremiante situación de los desplazados olvidados a los que no ha tenido el “efecto CNN”. Por ejemplo, el tratado global para prohibir las minas terrestres fue inaugurado en gran parte por las organizaciones confesionales y posteriormente dirigido por ellas.

·      Debido a que los niveles de confianza entre las organizaciones confesionales y los desplazados suelen ser mayores que con las ONG laicas hay más probabilidades, según nuestra experiencia, de poder llegar a las fortalezas, experiencias y redes sociales de los refugiados que podrían llevarnos a encontrar soluciones.

·      En África y Asia nos encontramos con que existía un gran respeto por parte de los líderes religiosos por el trabajo realizado por las organizaciones confesionales en pos de los desplazados, con independencia de su Iglesia o religión.

Independientemente del sector de prestación de servicios, en el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) nos pareció valioso integrar los detalles del acompañamiento a todos los niveles del ciclo de nuestro proyecto: en la formación del personal y en su importancia y prioridad para nuestro trabajo; en nuestros códigos de conducta y condiciones de servicio; en nuestros informes y ejercicios de evaluación y supervisión; y en nuestra evaluación del impacto.

Las organizaciones confesionales con un sentido del acompañamiento bien arraigado estarían en una mejor situación para mantenerse con los refugiados durante periodos prolongados, aunque uno de los retos que hemos hallado a la hora de remarcar el valor del acompañamiento es el delicado momento de decidir cuándo es el momento de dejarlo, especialmente después de una presencia prolongada. Puede que las organizaciones confesionales no siempre sean las primeras en estar en la escena humanitaria pero a menudo son las últimas en marcharse. Las ONG internacionales laicas y las agencias de la ONU podrían no estar familiarizadas con el entorno local ni conocerlo, además de encontrarse con obstáculos burocráticos para llevar a cabo programas transfronterizos.

Otro reto al que se enfrentan las organizaciones confesionales ‒y que de hecho se encuentra presente en el Servicio Jesuita a Refugiados‒ hace referencia a las diferentes interpretaciones de cuál es el mejor enfoque para la prestación de servicios. Las organizaciones confesionales suelen estar cerca del pueblo y conocen bien a las personas, además de que trabajan desde la perspectiva del acompañamiento y el empoderamiento de los más vulnerables. Este profundo conocimiento de las necesidades de la comunidad puede chocar a veces con los indicadores de prestación de servicios propuestos por agentes externos que no conocen a la comunidad. En la medida de lo posible, un sentido de misión debería guiar el conjunto de mejores prácticas con base empírica sobre el terreno, lo que a su vez serviría para avanzar en la misión. Sin embargo, en la práctica a menudo es complicado conceptualizar de forma específica cuál es la mejor manera de enlazar la misión y las prácticas. En los complejos entornos en los que operan las organizaciones confesionales, creemos que el mejor enfoque será uno guiado por un conjunto de valores, aunque se deriven de las pruebas operativas que mejor hayan funcionado y sean éstas las que se utilicen, lo que podría llamarse “trabajo de misión fundado mediante pruebas”. 

En sus más de tres décadas de servicio a los refugiados y desplazados internos, el Servicio Jesuita a Refugiados considera que uno de los elementos que mejor define su identidad –el acompañamiento– es central en la mayoría de las tradiciones religiosas, y también constituye un elemento particular que puede aportar al servicio humanitario. El acompañamiento tal como lo practica el Servicio Jesuita a Refugiados se define por un conjunto de actitudes y valores: solidaridad; esperanza; respeto y dignidad; amistad; escucha abierta; hospitalidad; lucha por la justicia; y optar por los pobres y marginales. Como muchas otras organizaciones confesionales que pretenden estar cerca de aquellos a los que sirven y solidarizarse con ellos, el Servicio Jesuita a Refugiados ha basado en el acompañamiento una práctica y una faceta que ofrece un servicio más profundo con unos beneficios que van mucho más allá del cálculo estricto de sus resultados y de su impacto.

 

El padre Joe Hampson C. de J. treasurer@jesuitszimbabwe.co.zw trabajó con el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) durante 14 años en África y Asia y ahora trabaja en Zimbabue como embajador jesuita provincial. Thomas M. Crea creat@bc.edu es profesor adjunto y director en Global Practice Concentration, Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Boston. Rocío Calvo calvovil@bc.edu es profesora adjunta y directora de la Latino Leadership Initiative (Iniciativa de Liderazgo Latino), Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Boston. Francisco Álvarez C. de J. sjes-dir@sjcuria.org es secretario de justicia social y ecología, Curia General de la Compañía de Jesús. 

 

 

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