De violencia a más violencia en América Central

Muchos migrantes centroamericanos huyen de sus países producto de la violencia y las amenazas por parte de las pandillas. Una gran cantidad de ellos encuentran en la ruta migratoria de México el mismo tipo de violencia del que están huyendo.

En los últimos años la violencia urbana ha recrudecido las condiciones de vida de la gente en el Salvador, Honduras y Guatemala. Muchas veces, el éxodo de hombres, mujeres y menores no es por una vida mejor, sino simplemente para conservar la vida. El conflicto territorial entre pandillas es continuo. La violencia, el miedo y la desconfianza que siembran las pandillas terminan por desintegrar el tejido social y la pequeña actividad comercial que queda en estos lugares. Para muchos, la migración es la única opción. En algunas zonas de estos países el dominio de las pandillas es absoluto y la población de menores de edad es sumamente vulnerable al reclutamiento forzado de las maras. Los adolescentes son continuamente intimidados y violentados para formar parte de las pandillas, o bien, para estar a su servicio en la venta de droga y otras funciones. Los casos de menores de edad que se ven obligados a dejar sus países y exponerse a condiciones peligrosas en el viaje, son altamente recurrente. Algunas familias prefieren el exilio de sus hijos e hijas antes de que estos terminen asesinados u obligados a delinquir.

Pero la violencia continúa en la ruta migratoria. La ruta desde Centroamérica hasta Estados Unidos representa grandes intereses económicos, principalmente para los traficantes de personas, que en su mayoría pagan o sirven al crimen organizado. De igual forma, las redes de trata están continuamente al acecho de mujeres y menores de edad que puedan engrosar su lucrativo negocio de explotación sexual. Las personas que cruzan la ruta migratoria se vuelven sumamente vulnerables debido a las condiciones en las que viajan y la carencia de documentos que permitan su tránsito seguro por México. Una vez que entran al territorio mexicano se enfrentan a un círculo de abuso sistemático. Desde los choferes de transporte público que les aumentan los precios, delincuencia común, policías corruptos que les exigen “cuotas” a fin de poder continuar su camino, asaltos de pandilleros que se hacen pasar por migrantes, hasta la violencia del crimen organizado; extorsión, violación, tortura y secuestro. En el camino se les exprime hasta el último centavo cada vez que es posible, a veces, se les exprime hasta la vida misma.

Esta violencia no dista mucho de la violencia a la que se enfrentan en sus países. En su mayoría es una violencia exacerbada y sanguinaria que tiene como finalidad aterrorizar a los supervivientes. Las personas secuestradas son forzadas a entregar los números de teléfonos de sus parientes en Estados Unidos a los cuales se les llama para pedir hasta 5000 dólares por la vida de su ser querido. Aunque, el gobierno mexicano no emite cifras oficiales sobre cuántos migrantes son secuestrados en su territorio, la Comisión Nacional de Derechos Humanos habla de miles de casos por año.[1]

La violencia en el camino está tan normalizada que los viajeros ya esperan anticipadamente sufrirla de algún modo y existe un grado de resignación ante ello. Tal vez, el ejemplo más claro sea aquellas mujeres que toman pastillas anticonceptivas antes de empezar el camino porque saben que el riesgo de sufrir agresión sexual en la ruta es sumamente alto.[2] Al que le ha ido “bien” en el camino, tan solo ha sido asaltado o robado y tan solo ha pasado hambre y frio.

Como sucede con frecuencia, los datos que se tienen y las denuncias que se realizan son solamente una pequeña muestra de la realidad. El anonimato y la invisibilidad es una de los mayores problemas que enfrenta migración en México ya que esta condición incrementa la vulnerabilidad de las personas que viajan en la ruta. El miedo a ser deportado es un factor importante por el cual no se denuncia los crímenes. Con la idea de llegar a su destino, la mayoría trata de continuar lo más pronto posible y dejar atrás lo vivido. Todo queda en el silencio.

En busca de soluciones

Varias organizaciones de derechos humanos y algunas otras asociaciones civiles han denunciado fuerte y claro estos abusos. Se han realizado marchas de migrantes atravesando México y exigiendo el respeto a sus derechos. De igual forma, caravanas de madres centroamericanas han llegado a la Ciudad de México pidiendo alguna explicación sobre sus hijos e hijas desaparecidos. Pero aunque se pueden encontrar algunas muestras de solidaridad, la mayor parte de la población mexicana sigue ignorando lo que en realidad sucede.

Ante el panorama generalizado de violencia en México, el Estado ha sido incapaz de poner una solución efectiva al problema. De hecho ha sido incapaz siquiera de reconocer los desplazamientos internos que ha sufrido la población local producto de la violencia que ejerce del crimen organizado y la guerra del narcotráfico y ha fallado a la hora de reconocer y dimensionar en sus justas proporciones los abusos y violaciones de derechos humanos hacia los migrantes. En una demostración de doble moral, el Estado mexicano se indigna y exige un buen trato para sus connacionales que cruzan la frontera norte hacia Estados Unidos, mientras muestra poca voluntad política ante los abusos que viven los centroamericanos en la frontera sur y en su paso por México.

En el mes de julio de 2014, el secretario de gobernación de México anunció que como estrategia de protección a los migrantes se prohibirá viajar sobre el tren de carga que atraviesa México, principal medio de transporte de muchos migrantes con la finalidad de protegerlos del riesgo de sufrir accidentes en la ruta. Sin embargo, esta estrategia no soluciona el tráfico de personas ni las violaciones de derechos humanos que los migrantes viven en México. Además, una estrategia de este tipo puede resultar contraproducente si no se toman otro tipo de medidas alternas para proteger la integridad de los migrantes que busquen otras formas de viajar. La dinámica migratoria es un ente vivo y cambiante, el flujo migratorio siempre encuentra nuevas rutas ante las dificultades y prohibiciones del camino. Con esta estrategia se corre el peligro de que los migrantes se dispersen dentro del territorio mexicano e invisibilizar aún más las problemáticas que viven en el camino.

No hay una solución simple o sencilla. Aunque los esfuerzos de las organizaciones civiles y sus denuncias han logrado hacer ruido sobre el problema de la migración, se requiere una mayor organización y comunicación que permita estructurar una política organizada y efectiva que impulse al Estado a tomar acciones reales ante la problemática y el abuso a los migrantes en México.

A las personas que huyen por las condiciones de violencia se les está negado en derecho a no emigrar, la decisión de partir ha sido forzada, y la violencia que viven en la ruta por México victimiza aún más a la persona e incrementa su sufrimiento.

Mientras las condiciones de violencia y pobreza persistan en los países de origen, los muros y prohibiciones poco podrán hacer para desalentar la población a intentar emigrar. No se les puede pedir a los seres humanos que renuncien a la esperanza de una vida mejor. Cualquier solución que pretenda solucionar realmente el problema requiere analizar todos los factores y dinámicas involucradas en el proceso migratorio. Esfuerzos aislados dan resultados aislados.

Israel Medina Israel_voz@hotmail.com es psicólogo de campo de Médicos sin Fronteras, México.

Las opiniones en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de Medicos sin Fronteras



[1] Comisión Nacional de Derechos Humanos 2011. Informe Especial sobre secuestro de migrantes en México.

[2] Amnistía Internacional 2010. Victimas Invisibles, migrantes en movimiento en México. 

 

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