La reintegración de las madres jóvenes

Las madres jóvenes que buscan reintegrarse tras períodos de tiempo viviendo con fuerzas combatientes y grupos armados, se encuentran con exclusión y estigmas en lugar de con el apoyo que ellas y sus hijos necesitan encarecidamente. 

En Liberia, Sierra Leona y el norte de Uganda, las vidas de las jóvenes resultaron gravemente perturbadas por la guerra civil. Parte de esa perturbación fue la ruptura de las relaciones de apoyo tradicionales entre los miembros de la familia, mayores y semejantes. En el presente artículo se describen los hallazgos de un estudio de Investigación-Acción Participativa (IAP) basado en la comunidad, que ha durado tres años y que se llevó a cabo desde 2006 hasta 2009 con mujeres jóvenes que son madres en estos tres países.[1] Dos tercios de las 658 participantes habían sido asociadas con anterioridad a fuerzas combatientes o grupos armados, mientras que un tercio fue identificado por los miembros de la comunidad como altamente vulnerables por diversas razones, entre ellas, ser huérfanas o sufrir alguna discapacidad. El estudio también incluyó a más de 1.200 hijos de estas jóvenes madres.

El propósito del estudio –llevado a cabo en 20 comunidades que abarcaban desde pueblos remotos hasta centros urbanos– era conocer lo que significaba la ‘reintegración’ para estas mujeres. Las niñas y jóvenes a las que con anterioridad se había asociado con fuerzas combatientes o grupos armados y que se habían quedado embarazadas o habían tenido hijos durante el conflicto, habían sido excluidas de los programas de desarme, desmovilización y reintegración desarrollados por la comunidad internacional. Dicha exclusión se produjo por numerosos motivos entre los que se encuentran la discriminación por razón de género y la percepción de que las niñas y jóvenes no constituyen una amenaza para la durabilidad de los acuerdos de paz y que, por tanto, se les podía ignorar.

Cuando las niñas y mujeres jóvenes que habían sido reclutadas se asientan en comunidades tras la guerra experimentan una importante angustia psicosocial y aislamiento social, lo que supone una barrera para su reintegración. Muchas de ellas, en especial las que se quedaron embarazadas o tuvieron hijos durante el conflicto, se sienten invisibles e indefensas. Estas jóvenes madres y sus hijos se enfrentan a un estigma adicional debido a que los embarazos suelen ser resultado de violaciones o matrimonios forzosos con combatientes.

Aunque se están empezando a desarrollar programas para trabajar con madres jóvenes, la mayoría de los programas de reintegración o de formación –pensados para adultos– han sido incapaces de llegar hasta ellas y sus hijos. La motivación del estudio IAP era aprender de las propias madres jóvenes lo que significa la reintegración para ellas y cómo podrían alcanzarla con éxito por sí mismas junto con sus hijos.

Desarrollar relaciones

Tras varios meses de consultas y reclutamientos en las comunidades, las jóvenes madres participantes empezaron a reunirse en grupos con regularidad y a indagar sobre los retos comunes a los que se enfrentan en sus comunidades. Para ello empleaban diversos métodos, como preguntarse entre ellas y también a sus hijos acerca de cómo eran sus vidas y en qué medida se veían distintas a otras madres jóvenes y a sus hijos, hablar con los líderes de la comunidad sobre cómo observaban el progreso de las madres jóvenes y cuán diferente era la vida antes del conflicto, y escenificar sus experiencias. Las madres jóvenes debatían luego sobre lo que habían descubierto, establecían objetivos sobre los aspectos de sus vidas que querían cambiar y llevaban a cabo tormentas de ideas acerca de los medios y acciones necesarias para conseguir esas mejoras.

En la mayoría de las comunidades, las primeras acciones estuvieron dirigidas a reducir el estigma y la marginación, y normalmente tomaron forma de obras de teatro o canciones que las madres jóvenes desarrollaron para mostrar a sus familias y comunidades sus experiencias, incluida la época en que estuvieron con los grupos armados y cómo fue su retorno. Al poner en escena estas obras y canciones, las participantes a menudo se ganaron el apoyo de los miembros de la comunidad y las familias que antes no tenían. Entre las actividades ulteriores se incluyeron principalmente el apoyo laboral y las actividades educativas, como aprender a cuidar mejor a los niños o sobre cómo tener una buena higiene y condiciones de salubridad.

El proyecto IAP se vertebró a partir de las múltiples relaciones que las participantes desarrollaron entre ellas, con miembros de la comunidad, con sus familias y con el personal de la organización y del proyecto. Casi todas las participantes habían perdido a su familia durante los conflictos. Aunque la mayoría de las madres jóvenes había vuelto a su comunidad de origen, el 35% de las liberianas, el 44% de las sierraleonesas y el 21% de las ugandesas reconocieron no pertenecer a la comunidad en la que estaban viviendo ahora. Sólo un tercio de ellas vivía con uno de sus padres o tutores, mientras que el 41% vivían con su novio o marido, el 5% vivían solas con sus hijos y el resto vivían con parientes lejanos o amigos. Las relaciones entre las madres jóvenes y sus padres a menudo eran tensas y muchas participantes declararon que sentían que sus padres no se preocupaban lo bastante por ellas o que maltrataban a sus hijos. Las relaciones con los novios y maridos también suponían un reto; más de la mitad de las participantes declararon que sus novios o maridos no les ayudaban con sus hijos. En algunos casos, los compañeros de estas mujeres no podían aportar dinero para los niños o abusaban del alcohol y eran incapaces de actuar de manera responsable. En otros, los compañeros no eran los padres biológicos de los hijos y alegaban que no querían responsabilizarse de ellos.

“Ahora la gente se preocupa por nosotras”

Cuando empezó el proyecto, muchas participantes declararon que se pasaban todo el día sentadas solas, que no tenían amigas y que sus opciones para ganarse la vida eran limitadas, como recoger leña o realizar trabajos agrícolas en los terrenos de otros. Marginadas y solas, les hacían sentirse avergonzadas. Esto era así hasta el punto de que el simple acto de reunirlas en grupos y animarles a compartir sus historias con las demás les trajo mucha esperanza, puesto que empezaron a darse cuenta de que no estaban solas en su sufrimiento. “Creía que era la única a la que odiaban”.

El proyecto hizo que algunas participantes pasaran a verse a sí mismas como merecedoras de amor y apoyo. Una joven madre lo describió de esta manera: “Nunca hemos visto un proyecto que se preocupe por las niñas que son madres. Ahora sabemos que la gente se preocupa por nosotras”. Las relaciones entre las participantes crecieron durante los tres años que duró el proyecto. “Nuestras reuniones han creado un sentimiento de unidad entre todas y ahora compartimos nuestras cargas. Somos hermanas”. A medida que la relación entre ellas se fue haciendo más cercana, empezaron a quedar a menudo fuera de las horas de reunión usuales. Para reflejar cómo se desarrolló el proyecto, una joven madre recordó: “A veces el... grupo cocinaba junto, comía junto y nos ayudaba a ser uno, e incluso nos ayudaba a resolver problemas”.

Se seleccionaron miembros de la comunidad para formar Comités Asesores Comunitarios (CAC) para brindar apoyo y asesoramiento a las participantes. Los miembros del CAC constituían modelos a seguir y mentores para estas jóvenes y también conseguían el apoyo de otros miembros de la comunidad. Por ejemplo, en una comunidad de Liberia, los miembros del CAC persuadieron a las autoridades del pueblo de que donaran tierras a las participantes para que pudieran cultivarlas, encontraron centros de día y escuelas que estaban dispuestas a dar becas a sus hijos y organizaron talleres de cocción cuando éstas decidieron abrir una panadería.

Las relaciones con los miembros de la familia también mejoraron durante el proyecto. Al final del mismo, más del 86% de las participantes declararon que tanto ellas como sus hijos se sentían más queridos o aceptados por sus familias. En algunos casos eso se debía al asesoramiento familiar informal; en otros, la mejora en las relaciones familiares iba directamente ligada al aumento en su capacidad para “aportar” a la familia. “Desde que me uní al grupo, mi ración de comida ha mejorado. Antes recibíamos una ración de comida pequeña. Ahora que puedo aportar alimentos a la casa, es diferente”. Casi tres cuartas partes de las participantes declararon que, desde que empezó el proyecto, habían sido capaces de contribuir con la familia comprando artículos de primera necesidad.

Una madre describía cuán difícil era para ella ayudar a su hija y a los hijos de su hija al inicio del proyecto: “No estamos aquí para cuidar de los ‘bastardos’ ni de los hijos de los demás”. El proyecto ayudó a que se produjera un cambio de actitud en muchos aspectos, mediante asesoramiento psicológico informal ofrecido por el personal del proyecto y otros semejantes pero también gracias a que los padres habían observado que la comunidad valoraba a sus hijas. Luego, a medida que reforzaban su capacidad económica a través de las acciones que emprendían, los padres empezaron a verlas como potencialmente valiosas desde un punto de vista económico más que como una fuente de fuga de sus limitados recursos.

En muchos casos las relaciones familiares habían sido causa de dolor para las participantes; a medida que iban ganando autoestima a través de sus actividades, desarrollando modos de ganarse la vida económicamente, y estableciendo nuevas relaciones con semejantes y miembros de la comunidad, las relaciones con la familia mejoraron bastante. Los cambios que las participantes fueron capaces de conseguir en sus vidas y en las de sus hijos se mantendrán gracias al apoyo de unas nuevas relaciones más solidarias en sus comunidades.

Miranda Worthen (mworthen@post.harvard.edu) es profesora adjunta del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Estatal de San José. Susan McKay (McKay@uwyo.edu) es profesora emérita distinguida en Humanidades, en la Universidad de Wyoming. Angela Veale (a.veale@ucc.ie) es profesora en la Escuela de Psicología Aplicada de la Universidad de Cork (University College Cork). Mike Wessells (mikewessells@gmail.com) es profesor de Salud Clínica de la Familia y la Población en el Programa de Migraciones Forzadas y Salud de la Universidad de Columbia.

 


[1] La información adicional sobre el estudio, incluida la metodología de acción participativa, se encuentra disponible en www.pargirlmothers.com. Véase también S. McKay et al, Building Meaningful Participation in Reintegration Among War-Affected Young Mothers in Liberia, Sierra Leone and Northern Uganda (Construir una participación significativa en la reintegración entre jóvenes madres afectadas por la guerra en Liberia, Sierra Leona y el norte de Uganda) , Intervention, 2011, vol. 9, nº. 2, p. 108–24

 

http://tinyurl.com/Intervention-pargirlmothers Aportaron financiación para este estudio las fundaciones Oak y ProVictimis, la Fundación Rockefeller, la Fundación Compton y UNICEF África Occidental. Los organismos socios en la IAP son: (en Liberia) Save the Children UK en Liberia, Touching Humanity in Need of Kindness (THINK); (en Sierra Leona) ChildFund, Christian Brothers, Council of Churches in Sierra Leone (Consejo de Iglesias de Sierra Leona), National Network for Psychosocial Care (Red Nacional de Asistencia Psicológica); (en Uganda) Caritas – Gulu Archdiocese, Concerned Parents Association (Asociación de Padres Afectados), Transcultural Psychosocial Organisation (Organización Psicosocial Transcultural), World Vision.

 

 

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