La voluntariedad de quedarse

En muchas ocasiones, la “elección” de quedarse en vez de huir no es totalmente voluntaria.

En el contexto de la prevención de desplazamientos adicionales o redesplazamientos (en concreto, prevenir que los refugiados retornados vuelvan a convertirse en refugiados), existen dos elementos especialmente importantes: las actividades posteriores a la repatriación en los países de retorno, enfocadas a garantizar la durabilidad de la repatriación voluntaria, y las condiciones de vida en dichos países. En la práctica, esto se convierte a menudo en una cuestión de si los retornados podrán escoger libremente quedarse o si se les “forzará” a hacerlo en ausencia de cualquier otra alternativa viable.

La voluntariedad para quedarse vendrá determinada por factores de expulsión como la seguridad y la situación socioeconómica del país de origen al que han regresado, y por factores de atracción como la disponibilidad de otras soluciones duraderas y el respeto de los derechos de los refugiados en los países en los que se plantean buscar refugio.

Datos recientes[1] demuestran que sólo cerca del 20% de los retornados en Afganistán tienen empleo de manera regular, únicamente el 23% de ellos disponen de un alojamiento adecuado y menos del 20% tienen acceso total al agua potable. La mitad de la población retornada tiene únicamente acceso parcial a los servicios básicos de salud y sólo la mitad de los niños retornados tienen total acceso a la escuela. Estos factores de expulsión – además del bajo nivel de seguridad en general en Afganistán – menoscaban la sostenibilidad de su retorno. Un mejor acceso a estos servicios e instalaciones puede resultar preventivo respecto a que vuelvan a desplazarse. Y a eso hay que sumar que dos de los países con mayor potencial para convertirse en lugares de asilo, Irán y Pakistán, son mucho menos acogedores de lo que solían ser.

Los que regresan a Burundi se enfrentan a la falta de seguridad interna y a un acceso limitado (en comparación con la población no desplazada) a las oportunidades socioeconómicas; y el que sería su país de asilo más lógico, Tanzania, no constituye una posibilidad acogedora. El Gobierno de allí había insistido en la repatriación de los refugiados como solución duradera preferente en la década de los noventa, y en 1997 Tanzania consideraba que los refugiados procedentes de Burundi constituían una amenaza para la seguridad y adoptó un enfoque estricto de cara al problema de los refugiados, con el que restringió sus movimientos y limitó su acceso a las actividades económicas, dejando claro que los burundeses no eran bienvenidos.

Tanto para los afganos como para los burundeses no existen ni factores de atracción en los posibles países de acogida ni una gran cantidad de factores de expulsión en sus países de origen. Si hubiesen tenido libertad para elegir, probablemente no habrían permanecido en sus países de origen. En cambio se ven involuntariamente “forzados” a quedarse entre las fronteras de su propia tierra.

Arzu Guler (aguler@bilkent.edu.tr) es doctoranda de la Bilkent University, Turquía. www.ir.bilkent.edu.tr



[1] Extraído de encuestas que cubren a un tercio de la población de los retornados asistidos.

 

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