La prevención de la violencia de pareja en las comunidades de refugiados e inmigrantes.

Para muchos refugiados y otros migrantes forzados, la violencia sexual y de género no necesariamente cesa tras el reasentamiento; para algunos puede incluso significar el comienzo.

 

Aunque algunos estudios sugieren que en Estados Unidos la violencia de pareja (IPV, por sus siglas en inglés) no aparece en mayor o menor grado entre los colectivos minoritarios en comparación con la población en general, los refugiados e inmigrantes sí se enfrentan a barreras especiales para que les sean prestados los servicios adecuados. Las causas de la violencia son múltiples y complejas pero el intenso estrés asociado a la adaptación a una nueva vida puede producir tensión y conflictos que hacen más propensa la aparición de casos de violencia de pareja. En Estados Unidos los cambios que implican mayor poder o independencia de las mujeres pueden perturbar el equilibrio de poder previamente establecido dentro de una familia y desembocar en formas de maltrato físico, psicológico y emocional. También se ha alegado que los efectos psicológicos de la normalización de la violencia sufrida en países en guerra pueden ser factores que contribuyan a la violencia de pareja.

Aunque no existe una definición aceptada universalmente de la violencia de pareja, normalmente se entiende ésta como actos o amenazas de violencia física, sexual, psicológica o verbal, e incluso acoso. Entre los compañeros íntimos se incluyen actuales o antiguos esposos (incluidas las parejas de hecho), novios, novias y personas que desean mantener una relación romántica. Puede existir convivencia o no.

Durante la última década, un creciente número de investigaciones sugiere que no existe un único tipo de violencia entre compañeros sentimentales sino que hay varios y precisan intervenciones distintas. Lo que todavía no se sabe es hasta qué punto la violencia de pareja experimentada por las personas refugiadas e inmigrantes pertenece a una misma clase.

Tratar los problemas de violencia de pareja en las comunidades de refugiados e inmigrantes resulta complicado debido a ciertos factores. La comunidad de prevención de la violencia doméstica en Estados Unidos se ha organizado principalmente para separar a los agresores de sus víctimas. Se supone que la violencia es reiterada y que por tanto separar al agresor y a la víctima es la mejor solución y la más duradera. Pero por razones culturales y por la vulnerabilidad creada por la migración, separar de su familia a una persona refugiada o inmigrante que haya sobrevivido a la violencia de pareja puede no ser la acción más recomendable. Muchos refugiados prefieren buscar soluciones dentro de sus relaciones. Como comentaba un proveedor de servicios, "Durante la última década he aprendido que la prioridad [entre los clientes refugiados] es antes preservar a la familia que estar a salvo".

Otro factor que complica la prevención es el que agresores, víctimas o proveedores de servicios utilicen la "tradición" o la "cultura" como excusa para justificar comportamientos abusivos. Algunos proveedores de servicios cuestionan las prácticas destructivas o nocivas y utilizan los marcos de los derechos humanos o de la justicia social para comunicarles que, independientemente del trato que hayan recibido en el pasado, el derecho estadounidense concede a cada individuo unos derechos y libertades específicos. Las tradiciones y las prácticas culturales pueden ser tanto factores de protección como contribuir a la violencia de pareja.

Muchos prefieren mantener este tipo de violencia en privado ya que buscar ayuda podría verse como una traición. También se busca la privacidad para no incitar a la discriminación y la estigmatización por parte de la comunidad de acogida. Esta reticencia a desvelar la violencia subraya la importancia de crear un entorno en el que los refugiados e inmigrantes puedan arreglar ellos mismos sus problemas en el seno de sus familias y comunidades.

Los límites de la tolerancia y las definiciones de abuso están lejos de ser universales. Un abogado contaba la historia de una refugiada somalí que solicitó y se le ofreció asilo cuando su marido la dejó sin comida ni electricidad para dársela a otra esposa. Insistía en que no la había maltratado, sólo destituido. Según el proveedor, durante la estancia en el refugio "empezó a entender que el que tu marido te golpee es violencia.(...) Solo cuando empezó a entender mejor lo que era la violencia de pareja empezó a hablar sobre la que ella había experimentado por parte de su marido".

¿Buenas prácticas?

Existe una gran falta de conocimiento acerca de las intervenciones psicosociales y las estrategias de prevención mas efectivas para las personas refugiadas que siguen estando en peligro o que sufren violencia de pareja. Una nueva iniciativa a tres años llamada ’Preventing Partner Violence in Immigrant Communities: Strengthening What Works’ (Prevenir la violencia de pareja en las comunidades de inmigrantes: reforzar lo que funciona)1 pretende generar evidencias basadas en la práctica para rellenar este vacío, permitiendo a las organizaciones implicadas identificar, reforzar y promover enfoques creativos e innovadores.

Las ocho organizaciones que trabajan en el programa han cosechado algunos éxitos en la educación sobre la violencia de pareja en otros servicios como la enseñanza del inglés, las sesiones sobre derecho estadounidense en general e incluso en talleres sobre alfabetización financiera. Mientras tanto, están evaluando posibles prácticas interesantes para tratar la violencia de pareja, entre las que se incluyen las siguientes:

Animar a la gente joven, cuyas actitudes aún se están formando, para que hablen sobre la violencia de pareja entre sus iguales. Por ejemplo el Grupo de Trabajo Asiático Contra la Violencia Doméstica cree que las formas superpuestas de desigualdad racial, étnica y de género son las causas fundamentales de la violencia. Y sugiere que enseñando a los jóvenes a reconocer y tratar estas desigualdades pueden construirse relaciones y comunidades sanas. En 2010 los jóvenes refugiados y los hijos de refugiados e inmigrantes nacidos en Estados Unidos crearon una revista electrónica con contenido contra la violencia como fotografías, poemas y artículos.

Conseguir el compromiso de los líderes espirituales y comunitarios para combatir las prácticas tradicionales o religiosas que resulten perjudiciales. Los líderes espirituales suelen jugar un papel decisivo a la hora de ayudar a sus comunidades a examinar los valores, normas y creencias que pueden ser utilizados por algunos para justificar la violencia.

Vencer la vergüenza y el estigma, y recurrir a redes de apoyo. El Asian Women's Shelter (Refugio para Mujeres Asiáticas) descubrió que la comunidad de gais, lesbianas y transexuales procedentes de Asia y las islas del Pacífico que habían sobrevivido a la violencia dudaban sobre si debían acceder a los servicios por temor al sexismo, el racismo y la homofobia. Así que desarrollaron el programa ‘Chai Chat’ que ofrecía un espacio donde conocer y explorar cuestiones como las relaciones, la sexualidad y la seguridad frente a la violencia.

Incluir a hombres y mujeres en la programación. Como parte de un esfuerzo por desafiar las normas de la comunidad que apoyan la violencia de pareja, Migrant Clinitians Network (Red de Médicos Migrantes) de Austin, Texas, ha diseñado un proyecto llamado Hombres Unidos Contra la Violencia que, a través de dramatizaciones, proporciona a los hombres destrezas para prevenir los episodios de violencia de pareja.

Desarrollar las capacidades de la comunidad o el "capital social" Muy pronto las organizaciones que prestan servicio a refugiados e inmigrantes dejaron claro que reconocían la complejidad de las cuestiones que giran en torno a la violencia de pareja en sus comunidades, de forma que el reforzar las redes sociales oficiales y extraoficiales, crear enlaces entre las organizaciones y hacer que disminuya el sentimiento de aislamiento son puntos claves en la respuesta comunitaria a la violencia de pareja.

Desarrollar la capacidades de una comunidad o su capital social puede contribuir a prevenir la violencia de pareja mediante mecanismos como la difusión de información sobre qué relaciones son sanas y cuales nocivas, y sobre normas de comportamiento sanas. Al mismo tiempo la comunidad humanitaria descubrió que la respuesta a la violencia sexual y de género debe implicar a los refugiados, ser multisectorial y reconstruir las redes de apoyo familiares y comunitarias.

Conclusión

La violencia de pareja constituye tanto una cuestión de derechos humanos como de salud pública. Se han aprendido muchas lecciones sobre la prevención y la respuesta a la violencia sexual y de género en emergencias humanitarias complejas y en campos. La violencia sexual y de género es ahora una habitual (aunque muchos dirían que todavía insuficiente) de los esfuerzos de seguimiento y evaluación humanitarios a nivel internacional. Ahora es el momento de enlazar esos esfuerzos con los que se pueden realizar para proteger a los refugiados y a los inmigrantes tras su reasentamiento. Las ocho organizaciones que participan en el programa están recibiendo apoyo en la evaluación de sus prácticas con vistas a hallar, reforzar y difundir enfoques creativos e innovadores. 

Greta Uehling (guehling@ltgassociates.com), Alberto Bouroncle (abouroncle@ltgassociates.com)y Carter Roeber (croeber@ltgassociates.com) son investigadores senior adjuntos y Cathleen Crain (ccrain@ltgassociates.com) y Nathaniel Tashima (ntashima@ltgassociates.com) son directores y socios en LTG Associates (www.ltgassociates.com/).

El programa que se ha debatido en el presente artículo es una iniciativa de la fundación Robert Wood Johnson Foundation.

 

1 www.strengtheningwhatworks.org/ programa de la Robert Wood Johnson Foundation.

 

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